columnas

La democracia priista

José Luis Barrera

@napo_coco
lun 18 jul 2011

La democracia es un significante, o sea, es una palabra polisémica. Puede acomodarse para los grandes paradigmas como el Comunismo y el Liberalismo, o puede adaptarse a las realidades particulares de cada Estado-Nación. Por esta misma razón, los distintos actores políticos, moldean el concepto de democracia a su antojo para que esta sirva como un instrumento discursivo que los ayude a legitimar sus fines.

Tal y como lo dijo Octavio Paz, en América Latina, desde los procesos de Independencia, la democracia ha sido considerada como la única legalidad constitucional, esto es, como la legitimidad histórica. Los distintos gobiernos han buscado instaurar regímenes democráticos basándose en las ideas de la Revolución Francesa, la Independencia Estadounidense y las nuevas teorías Modernas. Los resultados han sido dispares, a veces contradictorios. Hemos sido testigos de democracias como la de Jacobo Árbenz en Guatemala, la de Betancourt en Venezuela, las democracias postdictaroriales en Chile, Uruguay y Argentina y el particularísimos caso mexicano.

En el México pos revolucionario, las instituciones políticas se fueron desarrollando de la mano del Estado y de su apéndice político, el Partido Revolucionario Institucional (incluyendo a su abuelo el PNR y a su papá el PRM). Se generó una estabilidad envidiable y se sentaron las bases de instituciones y organizaciones aparentemente funcionales. Sin embargo, todo se logró a costa de un sistema corporativo y clientelar que operaba con una estructura organizacional muy efectiva, pero corrupta y autoreferenciada. Dichas instituciones y organizaciones se alimentaban del capital humano proveniente de una nueva clase social: la burocracia estatal.

Esta nueva clase estaba íntimamente vinculada con el órgano político del régimen, o sea, con el PRI. Todo el que quería formar parte del sistema político o de la administración pública, debía ser un militante priista. Hoy esta burocracia ya no opera desde el nivel federal desde hace once años, sin embargo nunca desapareció. El priísmo ha subsistido de los gobiernos federales y municipales y  ha sabido mantenerse como esa clase burocrática estatal que alguna vez formó.

Los priistas, como clase o grupo, hoy se componen por tres distintos sectores: los políticos profesionales, los tecnócratas gubernamentales y los cortesanos (estos son los amigos y los parientes de los gobernadores, presidentes municipales, diputados, etc.). En su conjunto son una casta todavía no hereditaria (aunque el caso de Coahuila nos dice que tiende a serlo), con profesionales en el manejo político de los grupos, los individuos y las situaciones. Es un grupo con gente inteligente, pragmática, activa e indiferente a las consideraciones ideológicas. Se parece a los mandarines de la antigua China, aunque sin miembros letrados ni formados en una tradición intelectual comparable a la de Confucio.

Su forma de operar es un Oxímoron, puesto que son liberales fascistas. Mantienen un totalitarismo difuso y disperso en el espectro social. Rechazan el avance del saber y el de la cultura crítica, ven el desacuerdo a lo hegemónico como una traición, perciben a los enemigos como fuertes y débiles  a la vez, poseen en la cabeza un elitismo aristocrático, difunden por televisión el populismo cualitativo y manejan una neo lengua de léxico pobre y sintaxis elemental.

Con su neo lengua han empobrecido el concepto de democracia. La usan para legitimar procesos electorales embarrados con prácticas políticas corruptas y para maquillar su despótico uso de la administración pública.

Una democracia, en términos liberales, debe tener al menos cinco elementos básicos:

Participación efectiva.

Igualdad de voto.

Comprensión ilustrada (votantes educados).

Control final sobre la agenda.

División de poderes.

Lo que nos ha dejado ver el PRI es que no practica ninguno de ellos. Los procesos electorales que gana los hace con prácticas políticas sucias y fraudulentas, no promueve la compresión ilustrada, al contrario, rechaza el saber y la crítica, no contempla mecanismos de participación ciudadana (para Eruviel el buen gobierno y la participación ciudadana se limita a hacer trámites por Internet), por lo general ven la función pública como un paternalismo misericordioso  y la división de poderes para ellos no vale nada, pues el poder ejecutivo siempre lo es todo.

La democracia priista es una máscara que encubre lo que Vargas Llosa ya había apuntado, una dictadura perfecta. Quizá no he señalado nada nuevo, pero con esto busco recordarles que la democracia que el PRI pregona con cinismo en sus distintas celebraciones electorales,  no es más que una mascara que oculta un régimen autoritario y despótico. Tenemos un año para recordárselo a todo México. 

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