Me dirijo a ti porque eres el último de los mexicanos. Posiblemente naciste hace unos años en la clandestinidad, en algún sótano, mientras tu madre pujaba y tu padre vigilaba que los militares o los narcotraficantes no escucharan sus gemidos de parto. Te escribo para que sepas que antes, hace unos 50 o 100 años, México era una nación llena de vida y aunque se vislumbraba la catástrofe nunca dejamos de luchar para que floreciera como en su época dorada; donde la libertad se vivía y no teníamos por consigna de supervivencia el maldito temor. ¿Mi nombre? No importa, lo importante de una persona no es su nombre ni su rostro sino lo que nos constituye. ¿Qué fui? Fui un mexicano de los que evitó a toda costa que vivieras como ahora vives: escondido, con incertidumbre y con miedo. Si te encuentras leyendo esta carta es posible que alguien de tu familia te haya enseñado a leer porque las escuelas, muy probablemente, ya cerraron debido al número de niños asesinados, involucrados sin querer en tiroteos y considerados “daños colaterales”.
Igual y por tu mente transita un pensamiento: “pudieron haber hecho más”. Lo acepto, faltó mucha ayuda de la sociedad civil, no es pretexto, aunque las armas lejos de ser persuasivas tienen un discurso definitivo, el discurso del terror. ¿Cómo inició todo? Pues bien, en breve te explico que después de muchos gobiernos corruptos y represores, vino el peor de todos los presidentes. Su nombre tampoco importa, su actuar sí. Liberó a una institución rezagada: el ejército. Les dio poder, dinero, armas y la posibilidad de matar sin necesidad de pedir perdón, todo bajo una supuesta guerra contra el narco, contra las drogas, jamás contra la corrupción del sistema. Muchos aplaudieron la medida hasta que vieron los tanques entrar a las ciudades; centros urbanos y rurales fueron despedazados sin piedad. Vivíamos en un ambiente donde la vida valía el capricho de un uniformado o de algún criminal. También vives escondido, por eso me entiendes, compartes un temor que ha aumentado de generación en generación. Intentamos frenar las medidas violentas con paz, con marchas, con literatura, con foros. Todo fue una pantomima, nunca se nos escuchó y las voces disidentes fueron silenciadas disfrazando a los activistas como delincuentes. Es muy posible que así muera yo, a manos de gorilas sin corazón, de falso espíritu patriótico y quiero que sepas que lo intentamos. Nunca nos callamos porque incluso nuestros cadáveres fueron signo de que algo andaba mal. Muchos evitaban mirar los cuerpos en las calles, posteriormente se acostumbraron a la sangre. Cuando un pueblo convierte la barbarie en hábito, impide toda prosperidad.
¿Te han contado tus papás cómo era México antes? Teníamos miedo, mucho, sin embargo, la actividad cultural florecía. Nuevos artistas surgían, letras en armonía eran impresas y nuestra música, ¡ah nuestra música era tan bella! Exposiciones, danza, todo como respuesta creativa ante la masacre. El arte tiene una esencia predominantemente profética: anuncia lo hermoso de la vida y denuncia, sutilmente, todo atentado contra quienes tienen alas y hacen de la vida un vuelo. Después vino la oscuridad total con otro presidente o presidenta, eso no importa, lo que tristemente importó fue su poca capacidad para gobernar. La caja de pandora se había abierto y nunca cayeron en cuenta que las balas no eran solución. Muchos lucharon, muchos murieron. Las opciones políticas contrarias a la derecha fueron abatidas y consideradas ridículas como propaganda para evitar lo diferente. Porque sí, los gobiernos que eliminan lo diferente buscan uniformar el pensamiento, hacer de los ciudadanos verdaderos autómatas. Los profesores, quienes tienen la obligación de abrir la mente, fueron perseguidos y ni hablar de los religiosos y sacerdotes; muchos fueron asesinados por comenzar a señalar los excesos del régimen. Cientos de mujeres y hombres valientes entregaron su vida como resistencia.
No escribo esta carta para pedirte perdón porque el perdón le corresponde a quienes optaron por ser indiferentes. Quiero decirte que es posible, todavía, creer en la esperanza de algo distinto. Nosotros dimos la vida y no, no nos sentimos derrotados. En todo caso la derrota proviene de no creer en el cambio, de no intentar cambiar el sistema solamente porque tenemos miedo a ser perseguidos o aniquilados. No fuimos aniquilados y tú eres la muestra de ello. Eres el último de los mexicanos, pero de los mexicanos que tienen miedo. Despierta hermano y despierta a quienes te puedan escuchar. Despierta a México para que, aún somnoliento, busque su libertad. No eres nuestra última esperanza, eres el inicio de una nueva etapa: Serás el pionero de una revolución de esperanza.
Atte.
Tu hermano en Patria, desde la eternidad
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