“Atento a cuanto se decía de Villa y el villismo, y a cuanto veía a mi alrededor, a menudo me preguntaba yo en Ciudad Juárez qué hazañas serían las que pintaban más a fondo la División del Norte: si las que se suponían estrictamente históricas, o las que se calificaban de legendarias; si las que se contaban como algo visto dentro de la más escueta realidad, o las que traían ya tangibles, con el toque de la exaltación poética, las revelaciones esenciales. Y siempre eran las proezas de este segundo orden las que se me antojaban más verídicas, las que, a mi juicio, eran más dignas de hacer Historia.”

MARTÍN LUIS GUZMÁN

¿Cómo sería un Memorias de Andrés Manuel López Obrador? El texto equivalente de la figura central, no de la Revolución, pero sí de la autodenominada ‘Cuarta Transformación’. ¿Retrataría al agudo y elocuente candidato o al endiosado presidente?

Pregunto lo anterior porque en su más reciente columna en el diario Milenio “Pancho Villa y Martín Luis Guzmán”, Héctor Aguilar Camín habla de la transfiguración que sufrió Francisco Villa en la cabeza del mencionado escritor; una que pasó a describir a un ‘aterrador personaje, ‘el animal impredecible y violento’, a uno que merece reconocimiento y que forma parte de lo que se conoce como ‘la grandeza histórica de México’.

En otra palabras, ¿estaremos viendo en aproximadamente una centuria (2124) algo así como el ‘Año de López Obrador, el transformador del pueblo’, igual a —como bien apunta Aguilar Camín— respecto del bautizo oficial que ha hecho el obradorismo de este 2023 como ‘Año de Francisco Villa, el revolucionario del pueblo’?

Estoy consciente de lo aterrador que les sonará a muchos (me incluyo) cuando digo que, en una de esas, a nuestros novelistas históricos de la actualidad y del mañana —nacionales y extranjeros; incluyo también a intelectuales, periodistas y analistas varios— les terminará pasando lo mismo que al escritor Martín Luis Guzmán. Esto es, escribir hoy de Lopez Obrador como la gran tragedia nacional y terminar en unos años diciendo que la figura de AMLO debe guardarse en el recuerdo como un héroe para la posteridad.

Esa alarmante posibilidad se atenúa un poco cuando digo que lo mismo aplica para los literatos, intelectuales, historicistas favorables al régimen actual (el de la 4T, quiero decir). Quizá las maravillas que relatan y proyectan hoy de López Obrador terminarán siendo en un futuro críticas férreas al personaje que fue y al legado que dejó.

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Y es que, después de todo, la Revolución como símbolo de grandeza no lo inventó ni se lo inventó MLG —ojalá fuera, pero ni siquiera ese gran escritor fue tan poderoso—. La grandeza de la Revolución, creo más bien, fue cobrando vida al paso de los años a raíz de las consecuencias sociales —buenas y malas— que esta tuvo en la sociedad.

Supongo, entonces, que como escritor, analista, político y hasta ciudadano habría siempre que narrar con objetividad y con la mayor independencia y convicción posibles, pero nunca sostener: “de esta agua no beberé”, pues las perspectivas son eso, perspectivas, y siempre pueden cambiar…

Dicho de otra manera: la metamorfosis que sufren los grandes literatos —no se diga un analista cualquiera— es bastante común (¡y qué bueno!). Le sucede a casi todos, si no es que a todos, los escritores de novela histórica. Y no nada más de México.

Y la razón es simple: el análisis que se hace refleja el momento y también las circunstancias del autor y su relación con los personajes narrados. Esos momentos como nación y esas circunstancias como escritor cambian al paso de los años. Y lo que una sociedad ve en una etapa PUEDE ser o no ser el juicio final que se haga de esta y de sus personajes mucho tiempo después.

Fernando Curiel, autor que ha escrito tanto una amplia biografía de Guzmán como diversos libros sobre sus obras, lo dice así: “Leía Martín Luis Guzmán… a Alfonso Reyes, Julio Torri, Carlos Díaz Dufoo Jr.; pero, asimismo, a pensadores como José Vasconcelos y Antonio Caso; y, de modo señalado, a historiadores del calibre de Francisco Bulnes, Justo Sierra, Carlos Pereira. … las corrientes profundas del océano guzmaniano …confunden historia y literatura. Ambas bajo el signo de la crítica. Contra lo que algunos intrigantes propalan, Guzmán no se arroja en 1913 al torrente del constitucionalismo presa de la confusión sino en obsequio ineludible de una aguda lucidez civil. Aunque suele olvidarse, la obra literaria de Guzmán…es una obra artística, al mismo tiempo consumada y revolucionaria….Y el desdén por la supuesta obsolescencia formal del escritor, a su vez intenta ocultar… con éxito en los estratos críticos la vigencia de su novedad estética… Guzmán… no cuenta anécdotas sangrientas: ilustra una personal visión (convicción) totalizante de la historia del poder en nuestro país… No está pasado de moda” (Fernando CURIEL, MLG: Caudillos y otros extremos).

Sin duda, muchos han criticado (entre ellos personajes cuyos familiares fueron asesinados por Villa) que MLG haya transformado en héroe al asesino y violador. Otros, por ejemplo Gonzalo Celorio —actual director de la Academia Mexicana de la Lengua— alaban cómo Guzmán pudo escribir usando la forma, las expresiones y hasta las palabras mismas de Villa (casi como si sus escritos se trataran de entrevistas y no de novelas o cuentos históricos). Aquí otra referencia en ese sentido: Martín Luis Guzmán “ya era famoso en España donde había publicado El águila y la serpiente (1928) y La sombra del caudillo (1929) para cuando ya en México y casi treinta años después publica, en un solo volumen, los cinco libros que componen Memorias de Pancho Villa. Guzmán, que no disimula su apego a Villa, a quien conoció personalmente, lo hace hablar como debió de haber hablado; estas Memorias (…) son más auténticas que las que suelen escribir políticos y militares” (Enrique Anderson Imbert en Historia de la literatura hispanoamericana).

Yo me quedo con la certeza de saber de primera mano (soy bisnieta de Martín Luis Guzmán) que el autor vivió todas y cada una de las facetas del revolucionario; asesinatos de gente querida y muy cercana a manos de Villa cuando el primero era un joven muchacho, pero también el poder de llevar a cabo “una lectura” del personaje a la distancia y muchos —bastantes— años después (al menos 30, como antes mencioné).

A continuación lo mismo dicho —de otra manera— por el mayor estudioso extranjero de Villa, Friedrich Katz, en su libro Pancho Villa, quien pasó largas horas y temporadas leyendo/investigando en el archivo que estaba en casa de mi bisabuela (y que después se donó a la UNAM): “Encontré dos dificultades principales al escribir este libro. La primera (…..) es que Villa (….) no dejó ningún archivo… La dificultad más grave que enfrenté fue la de extraer la verdad histórica de las multifacéticas capas de leyenda y mito que rodean a Villa …. él estaba enamorado de sus propios mitos e hizo cuanto pudo para bordar sobre ellos. Por otra parte, no existe uno solo sino toda una serie de mitos en torno a Villa… Tal vez no le hubiera sorprendido a Villa la mezcla de amor y odio, respeto y desprecio que (hoy en día suscita) en México... Esas reacciones encontradas reflejan las contradicciones del hombre mismo y las contradicciones que se esconden en las muchas leyendas acerca de él…. La leyenda blanca… la leyenda negra…(y)… la leyenda épica.”

¿Cuál es la realidad de Villa?, ¿lo que de él escribió en un principio Martín Luis Guzmán (El águila y la serpiente) o la de después (Memorias de Pancho Villa)?

Y, volviendo a la pregunta original de este escrito, ¿cómo creen que serían —deberían ser— las ‘memorias de Andrés Manuel’? ¿La de sus mitos o la de sus realidades? ¿Podrán ser distinguibles en un futuro?

Como diría el clásico: ¿usted qué opina?