Hoy me referiré al concepto de competencias en la educación del siglo XXI, porque me han preguntado en diferentes foros acerca de qué entiendo por “competencias”, ¿cuál es mi posición, qué perspectiva o desde dónde hago la lectura del enfoque o concepto de competencias?
Lo primero que quiero decir aquí es que nos referimos a las competencias en la educación dentro de la idea de que la o el educando desarrolle competencias o “sea competente para”, no en la idea de “competir”. Lo segundo, es que tengo una posición muy crítica con respecto al enfoque de desarrollo de competencias, específicamente, hacia la versión original de los años iniciales en que se dio a conocer por parte de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), a finales de los años 80’s y principios de los 90’s, y a las ideas que han presentado algunos organismos internacionales, que tienen una visión muy específica sobre la educación, sobre la educación pública, sobre la enseñanza y los procesos de aprendizaje.
Retomo a continuación un fragmento de un texto que envié recientemente a evaluación de una revista especializada para su eventual publicación. Es un ensayo donde recupero algunas ideas sobre la historia del concepto.
“En el latín, se encuentra la forma de 'competens' que se refiere a ‘ser capaz’ y en la forma de 'competentia‘, entendida como la capacidad y la permisión. Como indica Mulder (2007, p. 6) ya en el siglo XVI el concepto estaba reconocido en inglés, francés y holandés y, de la misma época, data el uso de las palabras competence y competency”. (López, 2016).
El concepto de competencias fue introducido, por primera vez, en una revista científica por McClelland (1973) en su artículo Testing for Competence Rather than for Intelligence, publicado en American Psychologist. McClelland propuso que las competencias, entendidas como un conjunto o paquete de habilidades, conocimientos, actitudes y comportamientos observables, son mejores predictores del desempeño laboral que las pruebas de inteligencia tradicionales. Su trabajo sentó las bases para desarrollar el enfoque de competencias en la gestión del trabajo y la educación.” (En: Relación histórica del concepto y enfoque de desarrollo de competencias en la educación básica: Una revisión crítica, en prensa).
Es interesante hacer la revisión histórica y genealógica de este concepto. Como se puede apreciar, las primeras versiones del mismo datan aproximadamente de 1973, aunque hay algunos autores que dicen que estas se registraron desde 1950. En realidad, el uso del término “competencias” fue introducido por primera vez, como ya se indicó, en una revista científica por McClelland.
Lo que he dicho al respecto, incluso en un ensayo publicado en el 2013, es que el concepto y el enfoque de competencias en educación, justamente, nace en contextos en donde las necesidades del mercado del trabajo, las necesidades de los sectores productivos de bienes y servicios generaron esta o implantaron esta demanda hacia las instituciones de educación superior. Así, en algún momento entonces empezó a hablarse de “competencias profesionales”.
En otro momento, incluso, se registró el término de “competencias laborales”, cuando las mismas universidades empezaron a diseñar planificaciones didácticas y luego programas de cursillos, programas de diplomados y, después, de manera más robusta en programas de formación profesional o de posgrado con un enfoque ya de desarrollo de competencias.
Cuando se empiezan a definir las competencias, en la década de los 90’s, se manejaban, sí, principalmente conocimientos, o el diseño de estas se basaba en el desarrollo de conocimientos por parte de las y los educandos, pero también con una fuerte carga del “saber hacer”, de tal manera que no solamente fue importante el “saber saber” en cuanto a dominio de conocimientos disciplinares o interdisciplinares, sino que fue esencial el “saber hacer”, es decir, el saber resolver, el realizar tareas complejas en contextos determinados y para valorar o identificar, sobre todo, si el educando o el trabajador sabía o no sabía realizar una cierta tarea basado en ciertos criterios o ciertas especificaciones.
Por supuesto, todos esos procesos estaban vinculados con contextos de evaluación de la calidad, es decir, dentro de sistemas de gestión de la calidad, pues se evaluaba la calidad, el desempeño o el trabajo en términos de logro: se lo logra o no lo logra; “la persona lo resuelve o no lo resuelve”, se decía.
Esa es una parte de la historia del concepto de competencias. Este concepto, este enfoque, como todos los conceptos, como todos los enfoques, como todas las aproximaciones teóricas y metodológicas, evolucionan. Entonces estamos, después de cerca de 45 años, en instancias en las que el enfoque y concepto de competencias ha sufrido cambios dramáticos. Hay prácticamente una reconceptualización del enfoque.
El concepto original ya cambió. Como lo he dicho, y reitero, tengo una clara inclinación a ser crítico de este concepto y enfoque. Sin embargo, me gusta cómo lo trabajan algunos autores como César Coll, Elena Martín y Frida Díaz Barriga, entre otras y otros, para hablar más bien de que, independientemente de las palabras, ¿a qué nos referimos cuando hablamos de una posición con respecto a los procesos de enseñanza y aprendizaje?
Lo que se recomendaría en la actualidad como para insertarlo en planteamientos curriculares o en el diseño de programas educativos, es hablar de aprendizaje significativo. O sea, el concepto de competencias, hoy, con un enfoque más socioconstructivista hace énfasis en una noción de aprendizaje significativo, que algunos podrían decir, bueno, pues es de David Ausubel, y de otros autores de las tendencias o las tradiciones de las ciencias cognitivas y de la psicología educativa, cierto, pero también hay que tomar en cuenta que, al desarrollar esos aprendizajes significativos, el contexto social, el compromiso social de los actores, el aterrizar o concretar situaciones personales y grupales o de pequeños grupos para desarrollar esos aprendizajes significativos, también son importantes.
Hay además, en esta noción, una relación muy estrecha con conocimientos, con capacidades, con habilidades, tanto cognitivas como psicomotrices, pero también hay un vínculo muy estrecho con la noción de creatividad, es decir, se trata de que la persona no solamente resuelva problemas basados en un procedimiento o en una rutina ya establecida o preestablecida, sino que desarrolle habilidades, conocimientos, capacidades, etcétera, para resolver de manera creativa determinado tipo de problemas o determinado tipo de tareas. Esto es aparte de los componentes éticos y de valoración social que deben estar implicados en estos procesos educativos.
Eso hace que el enfoque, la definición del concepto, cambie radicalmente. Y otra cosa que agregan algunos autores en el caso europeo, de manera alternativa, es que toman en cuenta los escenarios sociales en donde se van a desarrollar, particularmente, las competencias que se establecen en la educación básica, después en la educación media y en la educación superior, ligadas a escenarios sociales que tienen que ver con los fines de la educación para el siglo XXI.
Y eso significa entre otras cosas, por ejemplo, abordar la problemática ambiental o el combate a los altos índices de contaminación que hay en el mundo, de todo tipo, y atender el fenómeno del cambio climático. O una educación más orientada hacia la paz, hacia la democracia, hacia la formación ciudadana. O todo lo que tiene que ver con la formación escolar, desde la básica hasta la superior, orientada a la educación de futuros científicos, tecnólogos, humanistas, etcétera. Es decir, se trata de tomar en cuenta los grandes fines o las grandes finalidades de la educación para el siglo XXI y concatenarlas o interconectarlas con aquello que se desarrolla de manera cotidiana en la escuela a manera de aprendizajes significativos, a manera de lograr, establecer o desarrollar un enfoque más, digamos, socioconstructivista al momento de echar a andar estas iniciativas educativas.
La conclusión es que el concepto o enfoque de competencias, digamos “ortodoxo”, tiene esos orígenes que ya mencioné, pero que en los últimos años se ha desarrollado y fortalecido una noción muy diferente basada en otros principios, en otros fundamentos teóricos, que algunos le llaman, efectivamente, “competencias”, a las cuales les podríamos llamar incluso de otra manera, siempre y cuando definamos con claridad a qué nos referimos cuando impulsamos nociones educativas, pedagógicas y didácticas alternativas.
Nota: una versión de este texto se puede encontrar, en forma de video, con voz e imagen del autor de esta columna, en YouTube: https://youtu.be/pWZH6x-Ult8?si=Mvy0A-jzlqbD0vNM
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