Estoy en

Playa del Carmen, Quintana Roo, de vacaciones. Disfruto a mi nieto en un

ambiente agradable, con más o menos buen clima. Andan por aquí dos o tres

familias de regiomontanos que conozco. Anoche me buscaron. Querían preguntarme qué

sabía de ciertos ataques a cuarteles de policía en Monterrey. Les dije que

sabía lo mismo que ellos, es decir, lo que se decía en Twitter que, por

desgracia, no eran rumores, sino terribles, trágicas realidades de una ciudad,

la segunda o tercera de México, aterrorizada por la guerra. Por la guerra

perdida, absurda, sin sentido, de Felipe Calderón.

Mientras

Calderón juega al héroe (eso sí, absolutamente protegidos él y su familia por

cientos y aun por miles de militares), la gente en mi ciudad, y en muchas otras

de México, vive en el miedo, en el terror de saber que, a diario, hay

balaceras, que estallan granadas en todos los barrios, que pelean a muerte todos

contra todos y que solo un grupo va perdiendo: el de los ciudadanos pacíficos, desarmados,

productivos, desprotegidos.

Calderón

inició su guerra para ver si de ese modo lograba la legitimidad que las urnas

electorales no le dieron. Lanzó a las fuerzas armadas a tontas y a locas a

luchar contra un enemigo, el crimen organizado, profundamente arraigado en la

sociedad mexicana cuyos sectores más pobres, ante la falta de oportunidades de educación

y de empleo, han visto en la delincuencia la única opción para conseguir unos

pocos recursos. Calderón no entendió que no es con las armas como se derrotará

a mafias que cuentan con apoyo social entre los de abajo porque a los de abajo

nadie más los atiende.

Del

problema no vamos a salir a balazos. No hay balas suficientes para detener a

las mafias que se nutren de la pobreza de millones. La solución, la única que

existe, está en el desarrollo, en los programas educativos y de empleo, en los

esquemas de ayuda a las madres solteras, a los ancianos, a los inválidos, en

proyectos públicos que acerquen a los jóvenes al deporte y al arte, en la

construcción de más universidades.

A balazos,

que es como Calderón quiere arreglar las cosas, solo vamos a recibir los

mexicanos más balazos. Lo estamos viendo, lo estamos viviendo. Las fuerzas

armadas a diario matan a jefes del narco, y los reemplazos aparecen, más

retadores, mejor armados, más enloquecidos, como por arte de magia.

¿Qué debe

hacer Calderón? Replantear su estrategia. ¿Cómo? Eso que lo determinen él y sus asesores, pero partiendo del único

diagnóstico posible: todo lo que han hecho hasta el momento ha fracasado.