Don Gabriel muere a los 94
años de edad, habiendo cumplido con una vasta labor de cronista, retratista,
paisajista, monero, cuentero, antropólogo, humanista, novelista, sociólogo de la
realidad mexicana y todo lo dejó plasmado en 1,616 números de la inevitable,
persistente, folklórica y genial Familia Burrón.
Nadie o casi nadie está al
margen de la Familia Burrón, sea por que la ha visto colgada en un puesto de
periódicos, la ha leído, se la han platicado o ha escuchado alguna referencia
urbana: "Esa señora tiene hartos hijos, parece Burrón". "No te pases, el camión
iba repleto, parecían burrones, nomás les salían las varicitas". "¡Aguas con
esa vieja argüendera! Es pior que la Burrón".
Es difícil desasociar a
Gabriel Vargas de la Familia Burrón. Probablemente haya tenido otros logros, sin
embargo, este es por el cual será recordado: La Familia Burrón y su contingente
de personajes, que por sí mismos son suficientes para darle peso a la
historieta, arquetipos fácilmente identificables de la realidad urbana.
Desfilan en representación de las fenomenologías del ser mexicano. Puedes
verlos en cada calle, en sus gestos, en sus angustias, en sus desapegos, en la
sorna, en la sensibilidad urbana y la dureza campestre. Los ves caminar,
desfilar, arremeter con sus palabras nunca altisonantes pero contundentes, en
un fraseo singular que no da lugar a la confusión, ni se permite
interpretaciones. Cruda realidad y curiosa fascinación por las costumbres del
barrio, del arrabal y de la gente popof.
Los personajes sobreviven
a su autor, no por voluntad propia, sino más bien porque se han encarnado en
las gesticulaciones urbanas y en el hacer y decir de la gente. Se fusionan los
modelos y forman parte del paisaje cotidiano: Doña Borola Tacuche de Burrón,
mujer luchadora, desmadrosa desde niña, creativa, líder natural de las causas
perdidas de antemano, campechana, arrebatada, glamorosa, impulsiva, machorra o
como dirían actualmente, francamente cabrona. Ama a su marido más de lo que
ella misma se habría permitido conscientemente, sin embargo, no duda ni
tantito, en minimizarlo, regañarlo, abochornarlo y al final, cae de hinojos si
su chaparro le levanta la voz. Curiosa combinación: La esposa que es madre e
hija de su esposo. Ella llora a Don Gabriel Vargas, a grito pelado, no se reprime,
nunca lo ha hecho. Se avienta a la tumba aunque se le vean las tarzaneras,
amenaza con aventarse a la fosa, porque así de arrebatada es. Macuca la toma de
los hombros, espantada, mientras gruesas lágrimas resbalan su angelical rostro.
El tecolote toma a su madre del brazo enjugándose el rostro. Foforo se aferra a
la pierna de su madre sin dejar de ver la tumba y su perro Wilson, al igual que
su amo, le llora a Gabriel, con la cabeza gacha. Al lado vemos a Regino,
visiblemente triste, consternado, como casi siempre, pero esta vez más abatido.
Sus manos en las bolsas de los pantalones y lágrimas a borbotones. En la
cabecera está una orquesta de niños, comandada por Alubia Alubión y su
inseparable tololonche, en cuya caya de resonancia guarda flores para su padre
Gabriel y mucho amor para el necesitado, en el bombardón está sinfónico Fonseca
y destemplando las cuerdas de su violín su amigo Isidro Cotorrón. Avelino
Pilongano se usa de la música de fondo para declamar una de sus tantas poesías,
que según él, le ha chuleado repetidas veces el poetazo Octavio Paz, sostenido
por su madre Doña Gamucita Pilongano, que llora desconsolada, pero no pierde de
vista a su vástago, pues algo se le fuera a ofrecer. Se ven la multitud que
vienen y van, Ruperto Tacuche junto con Don Quirino, propietario del catre, reparten
campechanas entre los conmocionados y Susano Cantarranas se ofrece gustoso a
obsequiar jícaras de tlachicotón y caldo de oso pa´mitigar las penas, que
gustosamente le ayuda a repartir y a beber su divina Chuy.
A lo lejos, casi
escondidos, forman un pequeño grupo El conde Satán Carroña, Cadaverina de Carroña,
Don Sombroso Mortis, la pinga diabla, Narciso y el Diablo Lamberto.
Acostumbrados a la muerte, su sorpresa son la cantidad de visitantes que llegan
a su sempiterno hogar, el panteón del cuajo, en donde, por primera vez, están
acompañados por los hijos de su mismo creador. Los Popofs han formado también
su corrillo. Cristeta Tacuche amenaza con desmayar y a punto de caer al suelo,
pese a los enormes esfuerzos de su secretaria Boba Licona y su fiel enamorado
El Conde Roquefort, rey del Queso. Los Tinoco, consuelan a su vástago Floro
tinoco, que patalea en el suelo llorando como el chamaco que es.
Visitantes de tierras
lejanas, montados en sus pollos cuacos, también le lloran a Gabriel:
Briagoberto Memelas cacique de la coyotera, Juanón Tepochas cacique de
San Cirindango de las iguanas, el Gúen caperuza lo es del valle de los
escorpiones, generoso el chivero y su amiga la bruja Julisa.
Todos ellos, y muchos que
salieron de la pluma de Gabriel Vargas, lloran el dolor de su partida, todos
lloran inconsolables por el genio que se nos fue, todos lloran porque un pedazo
de México nos dejó, todos lloran, y yo también lloro. Con Don Gabriel Vargas,
también se va un pedazo de mi vida, de mi infancia, de mis afectos, de mis
recuerdos, de mis alegrías. Siempre que estoy triste o abatido, pienso en
aquella vez que Borola quería darle de comer a todos en la vecindad y se puso a
inflar pollos con una bomba de bicicleta, o sus pasteles de lodo, sus sopa de
zapato viejo, sus enchiladas hechas con tortillas de cartón, o cuando quería
viajar a la luna y le puso un motor de licuadora al tinaco, o cuando hizo una
protesta contra los jitomateros y le rompieron el hocico. Siempre que pienso en
Borola, pienso en la lucha diaria de muchas mexicanas que se parten la madre
por sus hijos, con su creatividad, con sus pocos recursos, con su dignidad, su
orgullo. Bueno, así también es mi mamá.
Descansa en Paz Gabriel
Vargas (5 de febrero de 1915-25 de mayo de 2010) y muchas gracias por
todo lo que nos diste.