Un joven ecuatoriano
inocente, que lo único que quería era salir adelante, dejó familia, hogar y
patria para llegar a los Estados de Unidos de América. Quizás dejó su casa con
lágrimas en los ojos; tal vez pensó que aquel día era el último en que abrazaba
a sus seres queridos. Pero una fuerza mucho más grande que la tristeza que
sentía o que la nostalgia que habría de sentir, lo empujaba para emprender un
largo viaje hacia el norte, hacia el país de las oportunidades: la esperanza. Y
así comenzó con brío este sudamericano el viaje que, si sus sueños se cumplían,
significaría en un futuro una vida mejor.
Cruzó el Cono Sur hasta embarcar hacia a
Centroamérica; ahí caminó por tierras pacíficas, hasta llegar a México, el
último obstáculo, pero el trecho más largo. Y muy probablemente, en su viaje
por nuestro país, conoció a gente encantadora, cantó, embriagado de tequila,
canciones febriles, melancólicas, siempre pensando en su familia, siempre
pensando en su patria. Pero con la determinación de seguir hasta llegar al
norte, en donde sí encontraría trabajo, de donde sí podría mantener, aunque
fuese de lejos, a su familia, en donde sí habría de llevar una vida digna.
Llegó el joven ecuatoriano a la frontera y,
seguramente, se le antojó muy distinta al lugar donde nació. Recordaba, ahora
más que nunca, al Ecuador húmedo, tropical, llenó de vida, en paz; y
contemplaba, incrédulo, las calles desiertas; y escuchaba, aterrado, las
siempre malas noticias; y sentía, debilitado, el clima tan árido. Mas ya estaba
a unos cuantos kilómetros de su meta. Sin embargo, a su odisea, aunque él
todavía lo ignoraba, le quedaba mucho más de lo que creía, de lo que jamás se
habría imaginado.
Fue una noche que dormía con un grupo de personas
con las cuales, a parte de compartir morada y sueño, compartía un doloroso
pasado y un incierto futuro. En la madrugada lo despertaron detonaciones; con
los ojos seguramente inyectados de sangre despertó, al principio, confundido,
mas luego, apanicado. El zumbido de las balas ha de habérsele impregnado en lo
más hondo de su ser. La cabeza debió de haberle amenazado con estallarle. Y con
el cuerpo mutilado y acompañado por otra víctima, logró escapar, dejando a su
espalda los gritos, el sufrimiento, la muerte, la guerra que se vive en México.
No obstante las cosas no mejoraron por el simple
hecho de haber logrado huir con vida de la masacre: en el camino pidió, rogó,
suplicó por ayuda; pero así como los que aunque hubo ruido no salieron, o los
que porque estaban dando la telenovela no miraron para afuera, lo ignoraron y
no le brindaron ayuda. Sin embargo, al alba se topó con unos militares que le
ayudaron a él y a su acompañante.
Hoy ese joven ecuatoriano urge a a todos los
latinoamericanos de abstenerse a cruzar la frontera entre México y los Estados
Unidos; no lo hace por la Ley Arizona, lo hace porque aquí se aplica una ley
mucho peor: La Ley de Herodes. Y no podemos, los mexicanos, quedarnos de brazos
cruzados. La guerra que vivimos ha traspasado ya fronteras, ha matado a
hermanos de Latinoamérica, a gente inocente, a gente que vive en miseria, a
gente que su único soporte es la ilusión de que pueden encontrar una mejor
vida; y sigue matando mexicano;, y se seguirá derramando sangre en este país
mientras que no exijamos paz, mientras que no logremos cambiar, mientras que no
creemos conciencia.