México vence a Francia 2-0 y se evoca

el recuerdo del General Zaragoza. La victoria en la cancha pone a un país

futbolero y patriotero a festejar cual si se hubiera ganado una batalla

militar. Como se ha vuelto costumbre el festejo se convierte en caos.

Bien por el futbol mexicano, excelente

por los jugadores que mostraron habilidad para jugar como equipo y no como

individualidades. Felicidades al técnico que supo componer la situación, con

cambios que fueron relevantes en el resultado. Felicitaciones a todos los

"héroes nacionales" que de nueva cuenta nos tienen a un paso de la segunda

etapa del Mundial.

Pero no es momento de echar campanas al

vuelo, ni de levantar a los seleccionados nacionales, mucho menos de llamar a

Aguirre el mejor técnico de la historia. Se ganó un juego de grupo contra un

rival mermado, un equipo francés que no debió llegar al Mundial si hubiera

justicia deportiva. Sin embargo llegó y demostró sus carencias. El equipo galo

dependió de Ribéry hasta que éste no pudo más. Las jugadas importantes no las

concretaron como se debe, ambos goles tuvieron la fortuna de la participación

del árbitro.

Ojo, México, qué bueno tener una

alegría para los niños que no comen porque sus padres ganan un dólar al día.

Qué bien que habrá más partidos de la Selección para que los secuestradores se

tomen un día libre, las ejecuciones tendrán que aguardar a que pase el festejo

futbolero.

Pero falta mucho para tener un equipo

que de verdad sea competitivo acorde con los millones de dólares que se le

invierten. Un equipo que aspire a las finales mundialistas. Una escuadra digna

del sueldo que perciben sus representantes y que demuestren que valen lo que

los medios los han inflado.

Aún queda mucho por recorrer y se tiene

que llegar a ese esperado quinto partido. Por lo cual no es momento de echar

las campanas al vuelo.