…fue así que conocí a quienes ocupaban junto a mi esa banca, de izquierda a derecha estaban: Marco, el de mayor edad en el grupo, mas no se ponía el traje de madurez, no los necesitaba, de complexión delgada, alto, moreno claro, peinado estilo militar, sonrisa amplia, y su carácter ligero, conocido poco después como “el peineta” por la forma tan peculiar de sus dientes; Sergio, bautizado como “richi valens” por su parecida con el actor Lou Diamond Phillips, el de la película “la bamba”, sujeto serio, sin llegar a ser aburrido, un tipo al que le sacamos provecho en la materia de inglés, ya que vivió la mayor parte de su vida en los Estados Unidos y manejaba mucho mejor que cualquiera de nosotros el inglés. Alfonso, mejor conocido como “el aguacate”, aparte de la pigmentación de la piel otra de sus características era su cara llena de espinillas, muy delgado, de piernas corvas como buen pambolero, buen conversador, amigable, leal; Osvaldo, bajo de estatura, moreno, cabello hasta el hombro, fanático de Guns and Roses, de verbo interminable. Armando, era el galán del grupo, rubio, ojo verde, sonrisa pronta, pelo color miel, además deportista, fue bautizado como “el ceviche”. Alejandro, “el sabor”, con gran habilidad para el dibujo y los realzados, moreno, ancho de cuerpo sin ser obeso, engreído, estiraba las palabras al hablar, miraba como perdonándote la vida, era el que se preocupaba porque su ropa fuera de marca, para presumirla al día siguiente, se sentía exquisito, de ahí el mote. Juan, el otro blanco del salón, el más formal en lo que a vestir se trata, poco usaba la mezclilla, contrario a todos los demás, reservado, inteligente. Eduardo, mejor conocido como “el micro”, una bala el desgraciado chaparro, era el más bajo de estatura, inquieto, vago, de pelo desordenado, bueno para jugar fútbol, deliraba por Metallica. Ricardo, “el birrias” llamado así por la cantidad de grasa que tenía en su cuerpo, el más simpático de todos, un tipo al que a cualquier cosa y circunstancia le sacaba el lado chistoso, hasta él mismo no se perdonaba, era gordo, con acné hasta por debajo de los labios, usaba lentes con fondo de botella, regularmente utilizaba sudadera, acompañada de mezclillas deslavadas, tenis blancos de bota y un fajo negro que montaba una hebilla cuadrada ancha que en el centro guardaba un perro, sí, todo un personaje. Por último Mario, el solemne, el político, que por cierto, fue su apodo; de tez morena, estatura media, pelo lamido, de hablar acartonado, intrigoso, grillero, se le veía futuro al muchacho.
Poco después se presentaron Elisa, una güera flaca, menudita, sin mayor atributo físico que sus labios de manzana. Betzaida, bajita de estatura, morena clara, de pechos como cántaros, labios delgados como el papel de china, y un cuidado pelo rizado, de ojos pequeños, color miel, que hacía ver más grandes utilizando sobre sus párpados una ligera sombra, de voz melodiosa, una diosa de la sensualidad. Marisela, hermosa morena, con grandes ojos del color de la caoba, coquetos, expresivos, pestañas de abanico, pelo negro en melena al hombro, porte distinguido, mejillas rojizas, sonrisa coqueta, tenía el tipo azafata de aerolínea de primera.
Falto yo verdad, sí, tienes razón, mira, era flaco como marimba, el pelo por ningún lado, procuraba usar camisas holgadas para aparentar más kilos, los ojos parecían desorbitarse de tan pegada que tenía la piel, seguidor del rock en español, tímido al principio, no tuve apodo hasta donde supe. Pero en fin.
Claro está que eran muchos más nuestros compañeros, pero en esencia este fue quien integró el bien llamado “clan”.
Ese primer día, una vez tomada la confianza necesaria, que fue al concluir la segunda de nuestras clases del día, tomamos nuestra primera actividad extracurricular: renombrar la escuela. Ya no más Escuela Vocacional, teníamos que darle un nombre que nos diera un sentido de pertenencia, fue así que nacieron varias propuestas: el calabozo, la mazmorra, el hoyo, pero la que más agradó y por unanimidad se eligió para que fuera incorporada en el Acta de Registro fue el de “la perrera”. No creas que solo fue solo porque sí, o por escoger el apelativo más bizarro, no, tenía un sentido y un porqué; ninguno de nosotros tenía pedigrí, todos de una forma o de otra transitamos una vida así, difícil, de lucha, de buscar, de no encontrar, de abajo, de soledad, de esperanza. La escuela fue donde todo eso desembocaría, donde por un momento cada una de nuestras angustias desaparecerían, porque ahí serían purgados, calcinadas.
Regresamos a la última de nuestras clases, que ahora si sería Metodología. Al aula entró un hombre con el otoño en la mirada, pelo entrecano relamido, barba poblada, los años le encorvaban la espalda, su vestimenta lo hacía verse místico, completamente en negro, pantalón de piel, al igual que la chamarra estilo cazadora que lo guardaba del frío. En la mano llevaba un portafolio que hacía juego con sus ropas. Se presentaba como el profesor Viramontes, nos dijo los lineamientos que seguiría para las calificaciones, iniciaba la clase, bastante interesante lo que nos decía, el manejo que hacía de la voz, la forma en que se desplazaba por todo el salón hacía que no perdieras la atención, no había ningún compañero que no lo siguiera con la mirada, daba el aspecto de ser de esos viejos sabios.
Más cuando la clase estaba entrando a su última parte, cambió el tema, y sin razón alguna se puso a desglosar su árbol genealógico. Hasta llegar a la raíz que según él era el mismísimo Carlos Quinto. Pasamos de la mirada de admiración a la de extrañamiento, no nos quedaba claro si todo lo que nos dijo era una broma más en el día del novato, si era verdad, o simplemente la cadena de las ideas de su cerebro había perdido un eslabón. Creo que lo último era lo más cercano a la realidad. Debo decirte que este maestro fue nuestro blanco favorito para las bromas. En una de ellas comprobamos que algo no trabajaba bien en su mente, siendo la que más recuerdo es donde Osvaldo llevaba una bomba de humo, y al mendigo se le ocurre encenderla en pleno salón de clases, pobre profesor, le hubieras visto la cara, desencajada, los ojos fuera de su lugar, tomó su portafolio y comenzó a gritar de forma aterradora <<¡No!, a ellos no, por favor, mátenme a mí, a mí, ellos no han hecho nada, son inocentes>> para después tirarse de rodillas, poner el portafolios en abdomen echarse a llorar. Una broma que pretendía hacernos reír, terminó por hacernos sentir un cargo de conciencia, por mucho tiempo. Para cuando le pedimos disculpas, su mente no recordaba el hecho.
Así entre novedades, mentores idealistas, frustrados o desorbitados, terminaba el primer día de clases. Regresaba a casa con la mochila menos pesada. Pero no por eso con menos interrogantes.
Te estarás preguntando qué es esto de lo que te hablo, qué de complicado puede tener lo que hasta el momento te he dicho. Tienes razón, nada. A lo mejor sientes que te quito el tiempo, que no termino por abordar el asunto principal, que lo esquivo, y sí, tampoco te equivocas en eso. Pero espera, antes que hagas un juicio de valor apresurado deja decirte que no es sencillo enfrentarte al hecho de despertar todos los días creyendo que el fantasma que mandaste vivir al desierto de hielo del olvido, nunca se fue, nunca conoció el destierro, sigue aquí en el presente, prendido a mí, a cada uno de mis actos, de mis sueños, tratando de conjugar el pasado con el presente, sabedor que eso es imposible. No es sencillo tomar la decisión de drenar de una vez y de tajo este sentimiento.
Pero quisiera terminar de exorcizar mi alma, así que si no hay inconveniente de tu parte, deseo continuar.
Tengo una imagen que se encuentra archivada en la filmoteca de mis pupilas como una de sus más valiosas posesiones, que caprichosas como son, hacen correr cuadro por cuadro cada una de sus secuencias, para mantener fresco el momento en que la vi.
Estaba allí a unos pasos frente a nosotros, mis ojos se engancharon de ella, detuve mi andar. El momento comenzó a transcurrir lento, pausado; en mis oídos la voz de mi compañero se escuchaba hueca, para después no escucharse, ya no era importante. Mi atención era toda para ella, no podía, no debía dejar escapar ningún detalle de ella: de andar elegante, sus caderas se balanceaban como el péndulo del reloj más exacto, delgada, rostro afilado, cabello largo, negro, como los pensamientos que nacieron en mi al verla, ojos pequeños dominantes, del color de la caoba, su piel del tono que toma la arena cuando es humedecida, de labios delgados, que aparentaban ser más gruesos por el discreto labial castaño que los cubría, en su mejilla derecha habitaban tres pequeños lunares. Su vestido era un jardín de pequeñas flores de pétalos rosas y tallos verdes; su escote mostraba de manera coqueta un poco de la enigmática generosidad que envolvía; la falda terminaba de desplegarse a mitad de sus firmes muslos. No era alta, pero mejor así, hubiera resultado insultante que semejante belleza ocupase más espacio, bastaba con que robara el aliento.
Mientras más se acercaba, su imagen se grababa con cincel en mi mente. Más sin embargo el momento terminaba abruptamente, cuando de la boca de Ricardo mi compañero de salón, expulsaba el intento de piropo más desafortunado que he escuchado:
- Preciosa cuerpo de encanto, cara de deseo, por qué no me das la dirección de tu ginecólogo para irle a chupar los dedos.
Ella no se molestó ni en voltear, pero yo regresé la mirada con Ricardo cargada con un signo de encabronamiento, sentí la sangre hervir de la pena. En ese momento quise ser Jonás y que un enorme pez me tragara.
Después del papelón caminamos a la cafetería a comprar un lonche, no lo comimos, lo devoramos, no había mucho tiempo para la plática, por lo que los comentarios sobre la chica del día serían para más tarde, tomamos nuestra respectiva coca cola, para darle chispa a la vida, y sin más escalas en el itinerario, directos al salón.
El profesor justo acababa de entrar, saludamos al aire con un qué onda generalizado para de inmediato ocupar nuestros asientos.
El maestro nos daba a todos la bienvenida, establecía su programa académico y continuaba diciendo.
- Sé que la mayoría de ustedes se conoce, pero yo no, por lo que al momento de que les dicte asistencia, lo voy hacer mencionando sus apellidos y ustedes me contestan con su nombre poniéndose de pie. Dijo en tono amable.
Así fuimos nombrados, de los primeros que aparecimos en la lista, todo sin novedad. Escuché mi apellido, dije mi nombre, cumplí con la presentación, me desentendí por un momento, buscaba una pluma, escuché un apellido que no me era familiar, moví la cabeza para encontrar a un nuevo compañero, un sujeto de nombre Enrique y apellido Esparza, un individuo con aspecto de ser sangre pesada, llevaba camisa blanca que arremangaba hasta que no quedara nada de la manga, presumiendo lo que para él era sus músculos de acero, no le di mayor importancia, era más trascendente encontrar la pluma, pero casi de inmediato escuché un nuevo apellido que hacía que mi atención volviera al aula: Garcé. Una voz tenue, guardaba aún el acento a pubertad que daba a conocer su identidad: Minerva.
Nombre y apellido que hicieron que mi vida cambiara.
(Fin de la segunda parte)