Hace ya algún tiempo que sucedió esto que platicaré, me lo contó un hombre de esos como hay muchos, a simple vista me pareció ordinario, pero de a poco se fue descubriendo, como un excelente conversador, un cofre con una historia realmente valiosa.

El encuentro se dio de manera casual, en la banca de un parque, yo leía el periódico, él simplemente se sentó a descansar, al parecer de la vida misma, ese era el semblante que paseaba, eso fue lo que llamó mi atención.

Su cara de aspecto infantil, no encajaba en el molde de su cuerpo, grueso, de brazos fornidos y manos anchas, si bien es cierto que su rostro lucía maltratado, con cicatrices incluso, no se miraba tosco, aunque eso sí, irradiaba pesadez, cansancio, hartazgo.

Traté de no prestarle mayor atención, más era inevitable no voltear a mirarlo, cambiaba de postura una y otra vez, pero ninguna lo dejaba cómodo, gesticulaba, cuando por fin se puso en paz (quedando como al principio) suspiró de tal forma que por un momento pensé que los pulmones se le habían quedado sin aire.

Lo miré de reojo, como no queriendo la cosa, se tallaba la cara con sus robustas manos, a manera de borrar las palabras que su rostro pronunciaba sin hablar, cuando sentía su mirada en mí, me clavaba en el periódico tratando de pasar desapercibido, pero él no dejaba de buscar mis ojos, sabía que lo había estado observando, pro más que me hice el desentendido no tardó en dirigirse a mí con la más típica de las preguntas que se hacen para romper el hielo… ¿me puede regalar su hora, por favor?, -son las cinco- contesté de manera cortante.

- Este parque está muy descuidado, -me hablaba ahora sin voltear, haciéndose el interesante, su voz cavernosa se apoderaba del ambiente- el gobierno descuida los espacios verdaderamente importantes. Los parques son de los pocos lugares donde uno se da cuenta que la gente existe; a lo mejor es la combinación de las plantas con el correr del viento lo que lo vuelve a uno contemplativo. Sí, eso es. Afirma de manera tajante para cerrar la oración.

- Coincido con usted, contesté tibiamente.

- ¿En qué coincides conmigo?

- En, en, eso, de que el Gobierno no pone atención a este tipo de lugares, tartamudee al responder.

Un especie de gruñido fue su respuesta. Pasaron algunos segundos para encontrar de nuevo palabras.

-¿Es la primera vez que vienes por aquí?, -me preguntó. No esperó a que le contestara, siguió diciendo-. Nunca te había visto, seguido vengo a este jardín, me gusta, me pone de buenas, hace que mi mente se active, que me lleguen recuerdos, vivencias.

- A decir verdad es la segunda vez que vengo, hace apenas semana, semana y media que vivo por aquí, a dos cuadras, en la de Lecumberri trescientos sesenta y cinco, ahí tiene su casa. Me acabo de casar.

-Pues bien por usted, lo felicito. Por cierto, me llamo Margarito Flores.

Por un momento pensé que me vacilaba, de hecho estuve a punto de reír, más cuando extendió su mano para hacer formal la presentación solo esbocé una sonrisa e hice lo propio ahorrándome cualquier indicio de burla.

-Mi nombre es Alejandro, un gusto. Me presenté estrechando su mano áspera, llena de callos.

- Así que se acaba de casar. No le parece algo chistoso, más que mi nombre, no crea que no noté sus ganas de reírse cuando lo escuchó, el que su casa esté justo en esa calle con nombre de prisión, con el 365 como número, ¿No le parece que sea su destino? Termina la frase y se echa a reír como niño disfrutando su vagancia.

Lo miro con cierta sorpresa y le respondo, - la verdad no lo había pensado. Pero no creo que sea necesariamente un aviso, estoy enamorado de ella, nos damos nuestro espacio, hay buena comunicación, eso ayuda mucho.

Don Margarito parecía no escuchar mi respuesta, tenía la mirada fija, parece que mira a los niños que juegan al fútbol justo frente a nosotros, el viento sopla de frente en mi cara, lo que me molestó un poco los ojos, así que desvié mi vista hacia la derecha, donde vi a un par de niñas pedaleando con fuerzas sus bicicletas, mientras una señora de no muy despreciable figura corría con un perro salchicha a su lado.

- Si vaya que ayuda mucho. Retomó las palabras, después de aquella pausa, su rostro no cambió el semblante ni su tono al hablar, -recuerdo cuando conocí al gran amor de mi vida, fue en la arena coliseo–

-¿Dónde? Interrumpí por la incredulidad.

-Hablo muy despacio o no me entiende, dijo con severidad, en la arena coliseo, fui luchador, si, si de lucha libre, -reiteró al ver mi gesto de interrogación-, como el Santo, Blue Demond, Mil Máscaras, pero ellos eran técnicos, yo fui rudo tipo el Cabernario Galindo, ¿me explico?

- Claro, claro, y ¿cuál era su nombre con el que subía al ring, usaba máscara, capa y toda la cosa?

- Calma muchacho, vamos por partes, mi nombre fue “La Pesadilla”, sí, usé máscara, era gris oscura, con los contornos en color negro. Las licras al igual que la capa y botas negras. Nunca fui muy publicitado, pero eso no fue impedimento para tener luchas memorables, recuerdo en especial la lucha contra el “plebeyo”, era la pelea de mi vida, después de buscar la oportunidad por fin pude llegar a disputar el título walter, que era la categoría a la que pertenecí, me preparé a conciencia, mucha gente cree que esto de la lucha libre es puro circo, si lo es, pero no de la forma en que se piensa, uno se tiene que preparar y más para encarar un desafío como ese . No es enchílame esta y ya, vuelo por los aires, no, no, tiene su ciencia.

Bueno, el caso que llegó el día, nuestra pelea era la estelar, con la que se cerraba la cartelera. En el vestidor mi primo pipo me daba un masaje para que el cuerpo estuviera flojito y sin nervio, también me hizo compañía mi compadre “El Cacique” que me daba consejos de cómo vencer al “plebeyo”. Me decía, ten cuidado que no te aplique la tapatía, esa es su especialidad compadrito, cuidado con esa. Pregunté la hora, las 10.15 de la noche, justo el momento en que me avisaban para saltar al cuadrilátero.

El primero en salir fue mi contrincante, la afición se le entregó. El cargar con el lema de ser el bueno siempre deja ganancias, es algo de lo que no me queda claro del todo, tal vez sea que la gente se enfrenta a diario con maldad por todos lados, y ese tipo de personajes son los que pueden aniquilarlo, al menos ahí.

Segundos después salgo yo, un abucheo espantoso seguido de mentadas de madre y hasta gargajos me recibieron, pero yo no me deje intimidar, estaba en mi mejor momento y nadie impediría que conquistara mi primer título mundial. “El Cacique” fue mi second, al ver semejante marea de mentadas me dio una palmada en la espalda para darme ánimo.

Ya estando encima del ring nos presentaron y se mostró el cetro en disputa, al verlo arriba de todo, reflejando las luces que lo hacían ver más brillante todavía, me imaginé por un momento como se vería atravesando mi cintura, con el sabor de la victoria en la boca.

Escuché atento el relato que me hacía, yo no lo interrumpí en ningún momento, él no me miraba, lo que hacía era no despegar la vista de un punto equis, parecía que justo frente a él corría la película de sus recuerdos que solo él era capaz de ver y que compartía con un público ciego al que le describía con exactitud cada una de las escenas que corrían y el cual lo escuchaba sin atreverse a interrumpir.

A punto de iniciar la primer caída las mentadas se hicieron cada vez más y más, lo que hizo que el orgullo se me crispara, así que en cuanto sonó la campana me abalancé sobre mi oponente con unas patadas voladoras que lo desconcertaron, comenzó a caminar alrededor mío para replantear su estrategia.

Se movía y con él su cabellera que era la delicia de las mujeres, lo hacía ver espectacular hasta en los peores momentos, la lucha se tornó sorda, en un toma y daca, hasta que en un salto que hice me tomó con el mismo impulso y me aplicó la hurracarrana de la que no pude zafarme, y sin más me ganó la primer caída.

En mi esquina recibí instrucciones y a seguirle, ahora fue el Dandi quien comenzó agresivo, se le notaban los ímpetus por acabarme rápido, pero yo no tenía la más mínima de las intenciones de ponérsela fácil. Le apliqué unas tijeras al cuello, seguida de patadas voladoras y terminarlo con una doble Nelson, y así con esa llave que inmortalizara Blue Demond emparejé la contienda, todo quedaría entonces a la tercera y última caída.

La arena hervía, alcanzaba escuchar algunas porras para mí, eso fue vitamina pura, salté como electrizado, estaba cerca de conseguir el cetro por el que tanto había luchado. De nuevo al ataque con un tope a su pecho que lo hizo caer, sin pensarlo trate de ponerlo espaldas planas para que el referee hiciera el conteo, solo llegó hasta dos; estábamos fatigados pero no podía darme el lujo de desaprovechar ese momento, lo tomé del brazo y lo lance a las cuerdas, y así en plena carrera le volví aplicar tijeras al cuello para sacarlo del ring, sentí que ya era mío, el cuerpo entero me obligaba a ir tras él, acabarlo, corrí a las cuerdas para tomar impulso y sin pensármela salté por arriba de la tercera cuerda, que cosa tan maravillosa, difícil de describir, ver cómo pasa todo por debajo de ti hasta que el encontronazo con el adversario te hace detener.

Al caer quede entre aturdido y mareado, o mejor dicho un poco de los dos, traté de pararme de inmediato pero el golpe fue demasiado fuerte lo que hizo que regresara al suelo. Alcancé a ver a mi rival que era ayudado por la gente a ponerse de pie pero la visión se me movía, no podía enfocar del todo bien, cuando por fin pude establecer mis pies con firmeza levanté un poco la mirada y cual va siendo mi sorpresa que encuentro un rostro que me dejó más tembloroso que el golpe anterior.

No exagero cuando te digo que me sentí naufrago en el océano de sus ojos, y que su piel podía confundirse con la más dorada de las arenas. Movía sus labios pero no escuché lo que dijo, cuando puso cara de preocupación y apuntó hacía el ring, voltee hacía allá, donde estaba el Dandi y el referee contando, llevaba 14 segundos. Casi a rastras llegue, mi rival me tomó de los brazos, me echó a su espalda para después dejarme caer.

Había perdido la concentración, en el suelo busqué la verde mirada de la hermosa mujer, pero no la localicé. Me puse de pie, trate de hacerle la deshuesadora, pero no salió, intentó impactarme con unas patadas voladoras pero falló, cuando lo vi tirado, aproveché para echar un vistazo para encontrar ese par de esmeraldas que se aferraron a mi pensamiento, fue entonces que sentí como tomó mis manos, jalándolas hacía mi espalda con tal fuerza que si hubiera intentado hacer resistencia me las hubiera quebrado, así que quede a merced del rival, quien sin más atoró mis piernas para aplicarme sin compasión la tapatía. Perdí.

Vez compadre, vez, te lo dije que te iba a chingar con esa llave”, me dijo “el cacique”, mientras me ayudaba a parar. Levanté la cara solo para ver cómo le ajustaban el cinturón de campeón al plebeyo. Me acerqué para felicitarlo, hay que saber perder, pero no podía perder dos veces ese mismo día, y menos a quien fue la musa inspiradora de mi derrota. La gente comenzó abandonar el lugar, deje el cuadrilátero apresurado, tenía que alcanzarla, pedirle su dirección, su teléfono, saber quién era, pero el esfuerzo fue inútil, fue hasta entonces que la sensación de derrota me recorrió, perdí a la mujer más hermosa que mis ojos hayan visto jamás.

- Entonces ¿cómo le hizo para saber de ella? –Pregunté entusiasmado por la historia-

- Pues no pregunté, ¿a quién?, era ilógico, lo único que me quedó fue resignarme.

Esa pelea me abrió muchas puertas, fue lo bastante espectacular para asegurarme al menos un año lleno de trabajo que comenzó de inmediato, salí de gira a casi todos los estados de la república, pero no había día que no pensara en ella. Seis meses después regresé a la Coliseo sin mayor título de por medio que el orgullo de ganar en mi plaza, iba eso sí, sin gramo de esperanza encima.

Al salir al pasillo un niño me detuvo para que le diera un autógrafo, para mi pequeño amigo Diego, no dejes la escuela si no quieres terminar de luchador, le escribí antes de poner mi garabato, para mi sorpresa, justo a un lado de donde estaba ella, la mujer más hermosa, me quedé petrificado, me acerqué para darle las buenas noches, pero ella solo hizo una mueca no sé si de desagrado o de saludo, pero yo lo tomé como esto último. El verla fue una inyección de ánimo, tanto que gané sin mayor esfuerzo, más por la premura de no volverla a perder que por la bravura del rival, que dicho sea de paso no fue tal.

Me metí a las regaderas, me eché un baño torero, me vestí, me rocié el Brutt 33 que tanto me gusta, sequé el pelo antes de montarme de nuevo la máscara, sino salen granitos que dan mucha comezón.

- ¿Se puso la máscara?

- Claro mi chavo, a pesar de que te puedas romper la cara con cualquier hijo de vecino no significa que estés exento del miedo que provoca el rechazo de una mujer, así que lo mejor era estar cubierto por cualquier cosa. Antes que acabara la función me acerqué a ella, justo en el momento en que se puso de pie, su vista llegaba a mi mentón, debajo de mi boca, no hubiera sido difícil intentar robarle un beso, pero la paciencia es el secreto. Se sorprendió al verme, intenté no perder el aplomo, le extendí la mano para presentarme, mucho gusto “la pesadilla”, le dije, pero no me peló, se siguió de largo, me dejó con la mano estirada, esa pausa que se vuelve más larga y tenebrosa que el conteo de tres en espaldas planas, sentí que hasta la máscara se puso roja.

El darme por vencido no iba conmigo, caminé detrás suyo hasta que un tipo fue a su encuentro y ella lo tomó del brazo, me detuve, que impotencia, bajé la cara con la resignación untada en la piel. En eso me dan un jalón en el brazo, volteo y quien me hablaba era un niño como de diez años quien me dice, si me da su máscara le digo donde vive, me puse en cuclillas para estar a su altura y le pregunté por qué sabía dónde vivía, ha, pues porque es mi hermana. Pero que me gano, tiene novio, le dije, ¿quién, mi hermana? No, ese era mi hermano el mayor-.

No solo le di la máscara, sino además un par de póster autografiados por pura felicidad.

Lo primero que hice fue mandarle flores, unas margaritas, con una tarjeta invitándola a dar un paseo, su hermano fue el intermediario, pero no aceptó. De nuevo le mandé flores, ahora rosas, le cambie el lugar de la invitación, a los raspados del parque Morelos, pero se volvió a negar. Me quedaban pocos días en la ciudad, la gira seguía por el norte, así que la apuración me llegó y tomé la decisión de dejar a un lado a su hermano, que aparte de ser mal recadero salía muy caro el escuincle.

Me paré afuera de la puerta de su casa con unos crisantemos en la mano, toqué y abrió ella la puerta, buenas noches señorita, le traigo este presente que espero le guste. Tomó las flores, lo que me hizo pensar que todo salía a pedir de boca, me miró con ojos tristes, movió la mano a manera de despedida y cerró la puerta. Toqué de nuevo, pero ya no salió ella sino su hermano el mayor, quien me dijo que mejor me fuera. Estaba abatido, me quité la máscara y tome rumbo a mi casa.

- Seguía poniéndose la máscara, pero que le pasaba, ¿cómo quería conquistar a una mujer con un trapo en la cara?-

- Si pues, estaba nervioso, me sentí inseguro que no pudiera gustarle, el caso es que salí de gira, aun sabiendo que nunca me contestaría, le escribí cartas desde todos los lugares a los que llegué, le hablaba de cuando ganaba, cuando perdía, de la comida, pero sobre todo le escribí diciéndole que en todo momento mi pensamiento era de ella, uno se vuelve especialmente sensible cuando siente que el amor anda merodeando.

Tengo presente en especial una carta donde escribí fuera de lo habitual, le dije: “Quisiera que fueras el ring de mi vida, donde encuentre todo el sentido de mi existencia, donde pudiera llenarte de besos y caricias y vivir el cansancio del placer eterno”.

Continúa…