…Pasados cuatro meses regresé y testarudo que es uno, de inmediato fui a buscarla, pero no la encontré, dejé un mensaje por escrito diciendo que la invitaba a bailar, volví más tarde pero de nuevo nada de ella. Regresé varios días seguidos pero traía el salto volteado, nada, pensé que seguro me la negaban, o no quería saber nada de mí. Igual pensaría que yo era un ridículo por salir con máscara a todos lados, no sé, uno trata de encontrar el consuelo al desprecio, torturándose con preguntas.
Siendo honesto me pegó duro tanto desprecio, así que decidí ponerle pausa a mi búsqueda sin respuesta, por esas fechas coincidió que tenía vacaciones, por lo que me dije a mi mismo a manera de despedida, ya habrá quien quiera chupar estos huesitos, pero hay cuentos que no se cree ni quien los inventa…este fue uno de ellos.
Me la pase apachurrado durante varios días, ni las vacaciones, ni los bikinis hicieron que saliera de mi pensamiento, ni los mejores tragos de amargo licor, me hicieron olvidarla. Pero la vida tenía que seguir.
- Es una pena que no le haya dado si quiera la oportunidad de conocerlo- le interrumpí tratando de darle consuelo.
- Sí, eso mismo pensé yo. Pero bueno, hay que saber vivir con esas mordidas que te dan en el corazón. De a poco los días volvían a la normalidad, así que sin más regresé al mundo del pancracio, al universo encantador de las llaves y las patadas, con mi amigo el cuadrilátero… tomó aire, por un instante guardó silencio, se quedó pensativo, contemplando la nada.
- Me imagino que después conoció a alguien más, -le dije para sacarlo del trance en que se encontraba-, alguien que le sanara la herida, con quien charlar de sus viajes, de sus peleas, no sé, de sentirse vivo.
- Pues mira, al poco tiempo comencé a salir con una joven muchacha de nombre Patricia, muy guapa ella, me voy a escuchar pesado, pero siempre he tenido buen ojo para las mujeres, todo bien, muy bien diría, ella muy platicadora, simpática, pero las heridas, son eso, heridas que aunque les pongas fomentos algo queda de ellas, y máxime si esa herida es en un lugar tan difícil de cicatrizar como es aquí –me señala el corazón- se convierte entonces en úlcera difícil de extirpar, pero algún remedio debía buscar, así que decidí que Paty fuera ese ungüento que cubriera el dolor.
Las giras que hacía en otros estados del país pararon, por lo que me dediqué a ir a algunas luchas en pueblos y de cuando en cuando en la Coliseo, pero digamos que de manera informal, solo para estar en forma, y por supuesto sacar un dinero extra.
En una de esas funciones de las que te hablo, cuando acabó mi combate, narraba Don Margarito como si de una gran batalla se tratara, caminé a los vestidores, puse mi capa en la banca, fui por el forro que se les pone para que no se maltraten, al abrir la puerta del casillero cayó un sobre, de inmediato me agaché para saber de qué iba ese papel, estaba perfumado, alguna admiradora, fue lo que pensé, despegué el sobre, saqué el papel con aroma que había dentro de él, y miré con una hermosa letra manuscrita que decía: “Te veo en el salón Veracruz el viernes a las nueve de la noche, se puntual. Con afecto, Elba”.
- Y quién era Elba, pregunto intrigado.
- Cómo que quién, responde Don Margarito en tono molesto, pues la persona de quien te he estado hablando en todo momento.
- Pues no había dicho su nombre, no soy adivino, le respondo más con el interés de que siga con la historia que de discutir con él, y no aceptó ¿verdad?, era lo menos que podía esperar después de tanto rechazo.
- La verdad lo pensé mucho, mi orgullo estaba muy lastimado, pensaba y pensaba, al final decidí que no, que no iría a verla.
- Hizo bien, además si ya salías con… ¿Patricia? Para que darle más vueltas.
- Sí, esa fue mi conclusión, hasta dos horas antes que se dieran las nueve de ese viernes, cuando cambié de opinión. Es que sentí un golpeteo en el pecho que fue casi como un grito, de si no vas te arrepentirás. Así que me puse coquetón, zapatito de charol, un buen saco, mi mejor perfume, y claro, mi inseparable máscara, sino cómo sabría que soy yo, no quería crear más confusión de la ya existente. Tomé mi carro, con la apariencia de todo un galán de televisión, me trepé a mi Mustang clásico color arena, lo encendí, pisé el acelerador al fondo y me aventuré por las calles con el pulso amenazando con sacar del pecho mi corazón.
Puntual llegué a la cita.
Ya me esperaba en la puerta de ingreso, su vestido blanco de inmediato llamó mi atención, adornó sus labios con un carmín rosa pálido, aretes ovalados color nácar le daban el toco justo de sencillez, elegancia y hermosura. Las manos me sudaban, por fin después de tanto insistir, la tenía vestida de gloria frente a mí.
Intenté besarle la mejilla a manera de saludo, pero ella solo me extendió su mano. Comenzamos mal, pensé, sin más pasamos al salón, la orquesta ya tocaba, nos asignaron mesa, le pregunté si le parecía si pedíamos whisky para tomar, asintió con su cabeza.
Cómo la noté algo tímida tomé la palabra, le conté sobre los viajes que había hecho, de lo mucho que me gustó Michoacán, en especial Pátzcuaro, y la Isla de Janitzio; no pude dejar de contarle de mi travesía en Oaxaca, no por otra cosa, sino porque tuve que luchar con una infección estomacal a cuestas a causa de tanta tlayuda que me cené la noche anterior.
En la pista el baile se puso sabroso, pero al ver que toda la atención de la reina me pertenecía seguí en mi plan de interesante, eso fue hasta que los acordes de la orquesta obligaban a que los cuerpos se acercaran, así que sin mayor rodeo que el de llegar a su lugar, le ofrecí que tomara mi mano y le apunté con la mirada la pista, se puso de pie, colocó su mano en mi brazo y caminamos juntos hasta el centro de la pista, al bailar lo hicimos digamos de manera conservadora, ella con su mano derecha sobre mi izquierda, mi mano derecha sobre su espalda y su izquierda en mi hombro, la suerte estaba cambiando, la siguiente canción que interpretaron fue la de “Amor de mis amores” de Agustín Lara, ¿la has escuchado? –No. Contesté- es una canción que nunca debió haberse hecho vieja, algún cantante de los de hoy debiera desempolvarla, dice algo así, Don Margarito agarró tono y comenzó a cantar poniéndole decoración a la plática… “Poniendo la mano sobre el corazón, quisiera decirte al compás de un son, que tú eres mi vida, que no quiero a nadie, que respiro el aire, que respiro el aire que respiras tú. Amor, de mis amores, sangre de mi alma, regálame las flores de la esperanza, permite que ponga toda la dulce verdad que tienen mis dolores, para decirte que tú eres el amor de mis amores”.
Qué canción, continuó platicando, yo lo miraba incrédulo, pero él seguí en la charla, te decía que esa canción llegó como si la hubiera pedido, como si los músicos supieran encontrar la forma perfecta para que saliera el romántico que vive en mí, la canté despacito al oído, pero no solo hice eso, de a poco comenzó a sentirse más en confianza, puse su mano sobre mi pecho e hice que esa grieta que formamos con la separación de nuestros cuerpos desapareciera al acercarse a mí, me impregné del olor de su perfume, mi mano no soportó estar más en su espalda, así que casi por instinto se escurrió hasta su cintura. Le cantaba suavecito, sus manos llegaron a mi cuello en forma de cálido abrazo que duró hasta que sentí como desabrochaba mi máscara, intenté detenerla pero cedí al ver en sus ojos un genuino interés por saber quién había debajo del antifaz.
Aún vivo con el cosquilleo de sus dedos en mi nuca y el roce de sus uñas en mi cara cuando por fin me desprendió de la máscara. Fue como quedarme desnudo en medio de toda esa gente, con mis temores expuestos a su veredicto, pero solo por unos segundos porque el rostro se cubrió de mi segunda piel, la de ella, sus manos acariciaron mi cara, me miró con esos ojos donde era inevitable no perderse, acomodó mi pelo, me acercó a su rostro y nos besamos. Mi cuerpo entero se estremeció, cada centímetro de mi humanidad quería envolverse de ella, ser de ella, así fue toda la velada, sin palabras, llena de baile, de besos y de caricias.
--se escucha un suspiro--
Las horas pasaron, no hubo un solo momento para el descanso, el lugar cerraría pronto, pedí la cuenta, la llevé a su casa. El camino estuvo lleno de silencio entre nosotros, las canciones que salían de la radio encontraban las palabras oportunas para decir en ese momento. Al llegar, para no variar, tomé la iniciativa de la despedida con un beso, le agradecí lo bien que la pasé, le dije que ojalá se repitiera no una, sino muchas veces más, en fin, todo un rosario de palabras insuficientes para explicar mi emoción. Cuando le pregunto cómo es que se la había pasado, sonrió y movió su cabeza con una mueca en su rostro como diciendo, pues más o menos, para después estirar su sonrisa,
Entonces, te la pasaste bien, le insistí, y ella volvió a mover la cabeza en señal afirmativa, sabes, le dije en tono de broma, no sé si sean mis nervios pero creo que no conozco tu voz, fue entonces que su rostro se desvaneció, su mirada se fue a pique, creí haber dicho alguna grosería, me preocupé, levanté su vista, más rechazó mi mano para refugiar su mirada en el piso, ¿qué pasa?, pregunté de nuevo, tomó su bolso, por un momento pensé que sacaría las llaves de su casa y se metería dejándome ahí con la duda, pero no, lo que sacó fue una agenda y una pluma, y comenzó a escribir, arrancó la hoja para dármela, después volvió a meter la mano en su bolso y sacó ahora sí sus llaves.
Dudé entre ver lo que decía el papel y verla a ella, cuando metía la llave a la chapa, leí lo que decía el papel. Me sorprendí, pero la tomé del brazo para que no se fuera. La miré, me dio un beso en la frente y se metió.
- ¿Pero, qué decía el papel, porqué esa actitud?
- Soy muda
- ¿Qué?
- Eso es lo que escribió en la hoja, soy muda.
- Pero, cómo que era muda, pegunté con risa de incredulidad, no me dijo que le habló en la arena coliseo cuando lo del campeonato.
- No. Yo te dijo que vi que movía sus labios y que no alcancé a escuchar lo que dijo, pues fue por eso, no tanto por estar noqueado, sino porque no hablaba.
- No inventé Don Margarito, es de no creer, ¿que hizo?, no podían quedar así las cosas, ¿o, si?
- No, claro que no, pues la busqué, pero de nuevo, otra vez la negaban, o mejor dicho se negaba, le dejé dicho que lo mejor era hablar para arreglar las cosas, que no me importaba el que no tuviera voz, y después yo mismo me respondía, pero que bruto estoy como le digo que tenemos que hablar, sino habla, así que los siguientes recados fueron diciendo que nos viéramos para arreglar nuestra situación, pero aún en el cambio de la redacción la respuesta fue la misma: NO ESTÁ.
Así fue durante cinco meses y diecisiete días. Un día tras otro, tras otro, hasta que la paciencia se me agotó y decidí no dar más pelea. Salir de su vida.
- No pues que decisión tan dura, pero oiga, no le parece que enamorarse así, tan de repente y de manera fulminante sin conocer realmente a la persona es algo ilógico.
- Mira muchacho, dijo entre risas, no sé cómo te hayas enamorado de tu hoy esposa, pero hay señalas que uno encuentra en la personas que nos dicen que son las indicadas, la señal que yo encontré en ella fue esa emoción de la que te hablé, donde las piernas se me zangoloteaban como cascabel, tú dirás que fue más por la lucha que por ella, a lo mejor sí, pero el cuerpo me dijo que fue por ella y nunca, escúchame bien, nunca, me pasó algo igual, nunca más.
Las personas nos hemos vuelto muy, como decirlo, pensantes, dejamos que el pensamiento predomine en todo, pero se nos olvida que no solo somos pensamiento, también sentimos, pero eso es algo que despreciamos, o mejor dicho que negamos, como si el sentir fuera un pecado o algo de que avergonzarnos, ese tipo de impulso nos da más respuestas certeras de lo que uno se puede imaginar o de lo que uno quiere creer, es absurdo, parece que aspiramos a ser más máquinas que humanos. ¡Hay que sentir! Exclama Don Margarito.
El caso es que me hice a la idea de no estar más con ella. Más contrario a lo que pudieras estar pensando en este momento, ahí no termina la historia.
Intenté regresar con Patricia, pero muy digna ella, me mandó a volar, así que busqué camino de salvación con varias mujeres, pero ninguna me emocionó, mi ánimo estaba por los suelos.
Un buen día al término de una pelea, siempre las luchas, marcaron mi vida, se acercó el hijo de don Salvador Lutteroth, quien fuera el primero o de los primeros promotores de la lucha libre en el país, me ofreció un contrato de exclusividad para estar dentro de sus representados, muy buena paga, pero la condición fue que viviera en el D.F. Al no tener mayor cosa que me atara aquí acepté de inmediato. Así que acordamos partir en dos semanas, tiempo suficiente para preparar mis cosas personales, pues bueno, qué tanto podía llevarme, pues lo que cupiera en mi carro, nada más.
Los días se fueron rápido, llegó el último sábado de mi estancia aquí, chavolo quedó de pasar a mi casa para firmar el contrato e irnos juntos en mi carro, llegó puntual, para eso ya tenía mis cosas montadas en el carro; me dio el contrato, lo leí, los términos tal como acordamos, firmé y sin más que decir salimos.
Recorrimos algunas cuadras, la radio tocaba la canción “déjenme si estoy llorando” de los ángeles negros, cuando recordé que la llave de la casa tenía que dejarla con mi vecina, por lo que regresamos, al llegar a la esquina de la calle un par de mujeres estaban afuera de la casa, una era la vecina, la otra era Elba quien lloraba.
Apresuré el paso, me acerqué a ella y le pedí a doña Lupe que nos dejara solos, abrí la puerta de la casa y entramos. Me entregó una carta la cual leí con mucho detenimiento, diez o quince minutos después salimos, Elba detrás de mí, seguía llorando, subí al carro, cerré la puerta, le pregunté a chavolo si me dejaba revisar una de las cláusulas del contrato, me preguntó si todo estaba bien, le dije que sí, solo tenía que ver esa cláusula porque me había surgido una duda, sacó de su portafolio el contrato, lo puso en mis manos, lo leí, tallé mi frente, y lo rompí, le pedí a chavolo que me disculpara, pero que había cambiado de planes, “hay algo más importante en este momento”, le dije, y fui a donde estaba Elba.
- ¿Pero qué le dijo en la carta que lo hizo cambiar de opinión?
- No recuerdo bien, solo que se escondió de mí porque le daba miedo no ser aceptada por no hablar, que no quería estar con alguien solo porque le tuviera compasión, que siempre había sido retraída por lo mismo por sentirse y saberse diferente, además que siempre recibió burlas por esa situación. Mi respuesta fue decirle, me enamoré de ti sin saber nada, debes entender que el no tener voz, no es impedimento para que me dejes saber quién eres tú, sé que tu corazón es noble y grande, lo que te vuelve especial, llena de sensibilidad, le dije también que todos estamos llenos de miedos, solo que algunos usamos máscara para cubrirlos, pero creme que sabré respetarte y quererte como eres toda la vida. Sus ojos dejaron caer todavía más lágrimas, me abrazó y nos besamos, como solo los que se quieren saben hacerlo.
-Qué cursi es usted Don Margarito. Le dije y los dos nos echamos a reír.
Pero mira, esa cursilería como le llamas, resultó buena, porque pasando siete meses nos casamos, poco después dejé la lucha libre por que a ella le preocupaba que me fuera a suceder un accidente, así que con los ahorros monté una carnicería. Tuvimos tres hijos. Fueron momentos inolvidables. Mucha felicidad.
- ¿Entonces, murió? Pregunté con dificultad por el nudo que se me hizo en la garganta.
- Muchacho, ¡como dices eso! replicó con tono de indignación.
- Pues es que como usted dijo eso de fueron momentos inolvidables, parece que ya no está con Usted.
- Si está, claro que está y creo que debe estar muy enojada porque me mandó por el pan hace más de dos horas y veme aquí de conchudo platicando, te dejo antes que venga a buscarme y me haga el torniquete por llegar tarde. Un gusto y espero verte después.