Hace tiempo no me confieso, creo que la última vez que lo hice fue cuando recibí por primera vez el santo sacramento de la comunión, no sentí necesidad de hacerlo de nuevo, supe desde ese mismo instante que la eternidad no se alcanza con pan y vino.

Pero hoy es diferente, hoy mi alma se encuentra demasiado repleta de un sentimiento que me causa vacío, me provoca contrariedad, me sofoca, me come, no me deja vivir.

Necesito confesarme, pero no con un pastor que pretenda reprimirme y salvar mi alma con oraciones que van al viento y éste se las lleve hasta la nada, lugar que por cierto es a donde, sin remedio alguno, iremos a parar todos, sin excepción.

… Sabes, a veces desearía que los recuerdos fueran materia orgánica que el cuerpo desechara cuando no los necesite, cuando incomoden, cuando estorben, cuando lastimen. Pero por desgracia no es así. Es todo lo contrario, es materia viva que busca perpetuarse en el mundo que comparte con los sueños.

Te agradezco en verdad este tiempo que me dedicas, solo que te advierto que mis palabras no pretenden encontrar respuesta, no quiero que me las des, no las hay, solo deseo tu atención, tu paciencia.

¿Te molesta si fumo? Gracias, me ayuda hacer la vida más llevadera, me alivia el ver que algo se consume junto conmigo.

Sí, todo tiene un inicio.

Era el tiempo en que miramos a través de la persiana americana, con nuestros rostros ocultos, acompañados de la negra Tomasa, disfrutando la cura que trajo la pecaminosa moda de entonces; los adultos nos tachaban de equis, como una manera de decirnos que nuestra generación era intrascendente, pérdida. Nada más lejos de la realidad. Pero en fin, eso es una lucha interminable entre dos etapas que no terminan de entenderse hasta que se está en ella y que cuando se está sólo es para rebobinar el conflicto.

A cada paso que se daba un mundo se abría ante nosotros. Descubrimos lo que era mudar de piel a diario dejando a un lado la de príncipe de Gales; dejar el limón por el gel, pasar de lo lamido a lo abultado, cambiar del AM al FM, y lo mejor de todo, vivir la experiencia de tocar con la mirada esas piernas que apenas se disfrazaban con un poco de tela, y por supuesto esos escotes que de tan pronunciados nos dejaban sin pronunciación.

Resulta muy revelador el encontrar este mundo, pero difícil abandonar el de temores e incertidumbre que apenas se deja atrás. Iniciaba la construcción de mi futuro, con un presente que me abrumaba y un pasado que no ayudaba en lo más mínimo.

Se respiraban tiempos nuevos, las palabras adquirieron dimensión y la libertad se agregaba a nuestro diccionario.

Ese día bajé del camión con la mochila llena de esos pensamientos. La primera imagen con la que me topé fue una vieja construcción, de esas hechas de adobe. Aquello era inmenso, espacioso, paredones blancos, enormes, jardines extensos, verdes, tapizados de estudiantes que se apresuraban a tomar notas o algunos simplemente estaban ahí tirados, esperando sin esperar.

Un portón de herrería envuelto del color de la luna, lleno de pronunciadas curvas asemejando caracoles queriendo alcanzar la parte más alta, mostraba las oxidadas heridas que el paso de los años le dejaron, pero que no eran impedimento para que su trabajo como firme guardián fuera desempeñado.

En el interior, un mural que pretende sintetizar la historia de nuestro país abraza el techo y la pared del zaguán, resguardado por un barandal que no representa obstáculo alguno para que la pintura fuera decorada con cientos de chicles simulando ser un marco multicolor y creo que con algo de sabor. Una escalera a dos aguas estilo francés era el último de los recepcionistas.

Busco el aula 19, unas cartulinas indican donde se encuentran los salones destinados para los alumnos de nuevo ingreso. Así que después de librar el apretujamiento que se hacía delante de esos papeles, identifiqué el rumbo a donde ir; giré a la derecha y caminé por la misma planta baja. Me sentí como turista, solo me faltó tomar fotografías, miraba por todos lados, en especial el número clavado arriba de esas puertas verdes de lámina acanalada.

La expectación y la incertidumbre crecían a medida que me acercaba a mi destino. Me consuela el observar que no era el único en llevar el sentimiento de extranjero. 21, 20, y allí está el 19. Tomé aire, vi de nuevo el número, no fuera ser que me equivocara, acomodé mi camisa, volví a tomar aire y crucé la puerta. 

El murmullo como de confesionario que se hospedaba en ese cuarto, se fugó, dejando su lugar al silencio. Mi incomodidad creció, sonreí ligeramente para liberar un poco la tensión. Ubiqué una butaca en la segunda hilera en la extrema derecha; ya instalado busqué en alguna de esas caras algún rasgo que me fuera familiar, pero no, nadie resultó conocido.

En cada sondeo solo encontré miradas que intentaban darle sentido al entorno, retinas llenas de interrogantes; en ese momento nos comportamos como intrusos temerosos de romper el silencio que nos atrapaba en ese salón repleto de bancas y ausente de iniciativa.

Ese espacio grisáceo encerraba tantas almas como le era posible, lo que lo hacía asfixiante; nadie atinaba a pronunciar palabra alguna que permitiera liberar el estrés del momento.

No pasó mucho tiempo para que ese íntimo murmullo se marchara, porque de esa puerta un sujeto de lentes, delgado hasta el tuétano, con seriedad monástica, de voz aguda, de juventud engañosa, irrumpía presentándose como el profesor Baeza, Aquiles Baeza del Toro, que impartía la materia de metodología. De manera muy propia nos pidió que tomáramos nota, así que sacamos nuestro respectivo cuaderno y pluma, asumimos postura de interés y de su esquelético pecho comenzaba el dictado de una perorata que bullía de forma incontrolable y a rajatabla, nuestra mano era incapaz de seguir ese ritmo frenético.

- “La metodología es el conjunto de métodos que se siguen en una investigación científica bla, bla, bla… la cual se relaciona con todas las materias y ciencias ya que su aplicación trae como consecuencia un procedimiento… bla, bla, bla”…. y más bla, bla, bla.

Maestro -se escuchaba, por fin, una voz en uno de los rincones- me puede repetir la última frase; oiga profe, -una voz más sonaba- me permite lo que pasa es que… y el profesor ni se inmutaba, seguía con su ráfaga de municiones disfrazadas de palabras incontenibles. Nuestras manos recorrían el papel de un lado a otro sin parar, intentando seguir el ritmo, pero era imposible, así que una vez más una voz salía para implorar pausa en el dictado, encontrando eco en su petición, solo que no de la forma en que la esperaba.

Detrás de esos grandes anteojos que cargaba se formaba una mirada de inconfundible enfado, su encorvado cuerpo se erguía y al mismo tiempo su huesuda mano se alzaba como catapulta del dedo inquisidor que de manera certera localizaba al blasfemo que osaba interrumpirlo.

- “Compañero, si Usted, sálgase, está reprobado”- escupía su tirana sentencia con esa voz aguda, que de tanto lastimaba al oído. El ambiente se cubrió de incredulidad, nuestros ojos buscaban una explicación en alguna de esas miradas absortas, inertes, pero lo único que encontraron fue la figura del sentenciado tomando camino a cumplir con su condena, ni sus balbuceos a manera de apelación le fueron de utilidad para impedir el destierro. La suerte estaba echada. Al menos eso parecía, porque de esa desoladora escena emergía una sonora carcajada que hacía más desconcertante el momento.

- JAR, JAR, JAR, JAR, JAR, pobres grajos siempre caen - y sin dejar de burlarse salió doblado por la risa.

Todavía incrédulos por la chamaqueada que ese sujeto nos había dado, seguimos su ejemplo, nos soltamos de la risa; el momento pasó al museo de anécdotas, la tensión dejó su lugar a la presentación, saludos y buenos deseos.

Una vez cumplidos los formalismos el instinto nos hizo actuar, así que de forma inmediata se comenzaron a formar rebaños, sabedores de que la mayoría nos hacía perder nuestras debilidades.

Fue así que surgieron las afinidades, por un lado se acomodaban los clásicos nerds que recién se conocían no desperdiciaban un solo segundo para disertar sus teorías sobre la trascendencia del polvo cósmico y sus implicaciones en el marco del liberalismo social, algo que estaba de moda por aquellos días; por otro lado se encontraban los metaleros, quienes con su camisa negra, cabello largo, sin olvidarnos del infaltable arete, narraban sus pericias en los últimos conciertos a los que asistieron, sin dejar pasar, por supuesto, el gritar que este mundo es una porquería y que la neta era el heavy metal y lo demás, estupideces que llevaban al idiotismo social, de las cuales ellos nunca serían cómplices. Vaya si eran netos esos cuates, solo que para hacerlo más creíble le faltó, a más de uno, contar que el último sábado asistió a los 15 años de su hermana donde meneó el bote con dos o tres canciones de Chico che y una que otra de Magneto.

Es infaltable el selecto grupo que conforman las guapas que por su condición se sienten fresas y el de las fresas que por su condición se sienten guapas, que regularmente se juntan para después de un breve tiempo separarse por sus grandes diferencias, <>, por supuesto que semejante afrenta es motivo más que suficiente para retirar la amistad y formar tu propio grupo que se encargará de despedazar a sus detractoras, pero sin retirarles el saludo de beso.

Claro está que siempre se hacen acompañar de muchachas menos agraciadas en su físico que les permita que su guapura sea resaltada, con la ganancia de poder convertirse, éstas últimas, en el premio de consolación de alguno de los tantos galanes que de seguro serán despreciados por sus guapas amigas, que sienten que Luis Miguel es poco menos que un tapete que les sirve para que sus zapatos no toquen el piso inmundo de este planeta.

Las opciones eran claras, había que decidir, así que opté por la mejor de todas.

Mi elección fue salir de ese salón, sentarme en una de las tantas bancas de concreto que vivían en el patio de la escuela y seguir mirando mi nuevo entorno. No tardaron en hacer lo mismo algunos de mis compañeros, en pocos minutos la banca fue ocupada en su totalidad.

Una pregunta se encargó de abrir el diálogo.

- ¿Alguien sabe cómo quedaron las chivas?

- Para no variar perdieron- respondía una voz en el extremo.

Esa sencilla pregunta (aunque dolorosa, por lo que representa el equipo para mí) fue el catalizador de la plática, no faltó quien aventara carrilla de la derrota, pero tampoco quién se solidarizaba, y a quien, claro está, le valía madres y solo se reía. Las cosas que aparentan no ser importantes son las que en realidad nos cohesionan, nos identifican, se convierten en parte fundamental de nosotros.

(Fin de la primera parte, continúa)