La vestimenta del ser humano siempre ha tenido un significado mayor al meramente utilitario, por lo menos en la edad moderna. Lo que las personas utilizaban para cubrirse era una declaración de su lugar en el mundo; inclusive los nobles, en las épocas aristocráticas de antaño, decían con sus ropajes y accesorios no solamente su posición social, sino las enormes responsabilidades que venían con el apellido o con el cargo. Las ideas de la vestimenta como depositaria de significados se ha diluido enormemente, máxime cuando el signo de los tiempos es el de generar, o al menos simular, la igualdad. Sin embargo, algo en nosotros siempre nos motiva a distinguirnos y embellecernos frente a nosotros mismos y frente a los demás. El cuidado de la imagen y la ropa (que tiene que ver más con voluntad y gusto que con presupuesto) conlleva importantes beneficios en la autoestima, seguridad y receptividad de los demás hacia nosotros y nuestras ideas. Simplemente es así. Por ello, vale la pena hablar del tema.

Hemos oído en repetidas ocasiones  que nos piden un código de vestimenta para un festejo o una ceremonia. Dependiendo la ocasión, dirá la invitación, elegante, coctel,  formal, gala, etiqueta y demás códigos que se pueden ir sumando a determinados requerimientos de una celebración  o las exigencias  de un arbitrario anfitrión. Lo cierto es que cualquiera que sea el código, todos queremos lucir lo más elegante posible; algunos escritores han definido la elegancia como una creación sobre sí mismo. El novelista francés Honoré de Balzac,  en su clásico "traité de la vie élégante ", describe la elegancia como un tratado de  estética que no es más que un permisivo decálogo de ética. Yo la defino como el arte de elegir correctamente.

El poder transmitir ciertas sensaciones  a través de nuestra indumentaria a la hora de ir a una fiesta debería de ser semejante a la experiencia de asistir a un museo  a ver a una obra pictórica o una escultura ,quizá quien lo disfruta al contemplar la obra sepa poco de arte ,o de que materiales está compuesto o de la técnica del artista; sin embargo, siente una profunda satisfacción de contemplar dicha obra: a esto llamamos experiencia estética, la capacidad intuitiva y espontánea de apreciar la belleza. Lo mismo aplica para la composición en una pintura, el color, la textura las fibras y nuestros complementos como accesorios, que van desde la buena elección de zapatos bolsos, joyería, deberán jugar un papel de suma importancia impregnado de belleza,  armonía, proporción y (ya lo decía Platón) también  la belleza es esplendor. 

Pero no  todo lo que brilla es oro. Las marcas de lujo son solo eso, marcas, que en ocasiones no implican ni elegancia, ni un sentido de lo apropiado, y ni siquiera una calidad suficiente en la manufactura. Es mucho más elegante la persona que sabe vestir apropiadamente y con el respeto debido a sus anfitriones, sin importar que nada de lo que lleve puesto sea de marcas costosas. Realizar y portar una vestimenta de Alta Moda es sólo un lenguaje muy sofisticado de expresar cierto segmento de la industria; no presupone ni sustituye el aprendizaje sobre los símbolos del vestir. Respetemos  los códigos de vestimenta, hagamos de esta experiencia  toda una obra de arte, un arte en movimiento que cuyo esteticismo y  satisfacción solo depende de nuestra acertada y afortunada decisión.

Enrique Solano. Diseñador de Modas.