Hace poco leía un libro que mencionaba una interesante reflexión acerca del hombre primitivo. Si bien hay un mundo de información que nos referencia a los instintos primitivos y al cerebro reptiliano, no había reparado en que los humanos surgimos como cazadores-recolectores hace casi 200 mil años y evolucionamos para ese rol, después atravesamos por la agricultura (7 mil años atrás) y hace 200 años la industria y el comercio emergieron; las condiciones de vida han cambiado desde nuestros inicios, pero las personas no, seguimos preparados para vivir como lo hacíamos cuando éramos cazadores-recolectores y siete mil años no han bastado para que evolucionemos genéticamente para ajustarnos a nuestro entorno actual. ¿y esto qué significa? Que mantenemos rasgos que a nuestros antepasados les resultaban muy útiles, pero a nosotros no necesariamente. Por ejemplo:

  • El dominio de la emoción sobre la razón, los instintos salvaban vidas, sobre todo para no convertirse en una presa, así que los cazadores-recolectores se dejaban llevar por lo que veían o percibían, por eso nuestra mente antepone las emociones al razonamiento. En algunos experimentos simulan situaciones inverosímiles para ver la reacción de las personas, imagina que estás en tu sala viendo algo en tu celular y de repente escuchas el rugido impresionante de un león ¿cuál sería tu reacción?, seguramente brincar del sillón y salir corriendo a un lugar seguro, pero si lo piensas no hay ninguna lógica en que un animal feroz estuviera rondando tu sala, eso es la emoción antes que la razón.

  • Juzgar a partir de la primera impresión, y no es para menos, si los cazadores-recolectores querían sobrevivir debían catalogar si algo era seguro o no de la forma más rápida posible y con poca información, desde si una vaina era comestible o venenosa hasta si alguien les iba a quitar su presa o a cooperar para matarla. Así pues, hasta nuestros días, seguimos estereotipando a partir de la primera impresión, de hecho 7 segundos son suficientes para “etiquetar” a alguien y determinar si nos interesa para relacionarnos con él. En la prehistoria esto salvaba vidas, pero ahora, en muchas ocasiones, nos impide relacionarnos con personas verdaderamente valiosas, simplemente por la primera impresión.

  • Agruparnos en clanes, esa era la forma más efectiva de sobrevivir, la cooperación y el intercambio eran la estrategia para socializar y permanecer en el clan. Además, se generaba cierta cohesión en el interior para enfrentar amenazas y se mostraba hostilidad hacia quienes no fueran parte del mismo. Algo interesante de este rasgo es que quienes más prosperaron en los clanes eran líderes o bien seguidores dóciles ¿les suena?

  • Evadir riesgos, los cazadores-recolectores sabían que para conservar la vida debían evitar los riesgos, así que solo si corrían peligro asumían un riesgo, mientras tuvieran suficiente comida y refugio no salían a cazar de nuevo, el riesgo de perderlo todo era muy alto. Esto hace sentido al considerar que en la actualidad, a pesar de que no corremos el peligro de que un león nos persiga, evitamos las riesgos cuando podemos manejarlos, pero los enfrentamos cuando una catástrofe es inminente.

Me voy a detener en este punto; tenemos una propensión genética a evitar riesgos y permanecer en el mismo sitio – lo que muchos conocen como zona de confort –, ya analizamos que tiene una justificación válida, en la prehistoria, y por mucho que no nos guste ahí está, así que debemos aprender a rebasarla para poder enfrentar nuevos retos, perseguir sueños o lograr propósitos más grandes.

Se escucha bien, todos queremos una vida más saludable, ahora sí bajar de peso, hacer ejercicio, leer más, mejorar nuestro empleo, emprender un negocio, terminar una relación que nos daña, la lista sigue y sigue, entonces, ¿por qué no lo hacemos? Porque nuestra mente primitiva no percibe una amenaza tal que nos impulse a movernos. Ese es el secreto, debemos crear esa amenaza creíble (que la posibilidad de que suceda sea real), realmente preocupante y cierta. Por ejemplo, piensa en una persona que sufrió un infarto o un conato de infarto, es una amenaza real y alarmante, eso es un detonante para que realice en un tiempo récord todos los cambios que por mucho tiempo había postergado, alimentarse bien, dejar de fumar, ejercitarse, etc.

Hace ya varios años escuché, de voz de un querido consultor, la historia de “La plataforma en llamas” (puedes buscarla con ese título en Internet para conocer toda la historia), en resumen contaba la experiencia de un hombre que al verse atrapado en una plataforma petrolera en llamas decide brincar al helado mar, imagina saltar de una altura de 500 metros -aproximadamente 2 veces la Torre Mayor de la Ciudad de México-, es casi como caer sobre concreto y milagrosamente el hombre sobrevive. Ya en el hospital, le preguntan ¿qué le había llevado a una decisión tan riesgosa?, su respuesta fue simple “decidí una muerte probable a una muerte segura”… Eso es sentido de urgencia, aquello que te dice que el riesgo de quedarte es peor que el riesgo de moverte, a eso tenemos que llegar para producir un cambio. Lo complejo del sentido de urgencia es que difiere de una persona a otra, de nada valen las razones que le demos a alguien para cambiar si no le hacen sentido y no las visualiza como una amenaza tal que lo obliguen a actuar.

La conclusión es esta: a pesar de nuestro cavernícola que nos gobierna cuando menos nos damos cuenta, debemos pensar y reflexionar en aquello que en verdad puede movilizarnos a asumir riesgos, siempre que estos sean necesarios para tener un futuro más próspero. Necesitas aprender a crear tu plataforma en llamas, ya sea para ti, tu familia o tu organización y hacerlo de forma habitual para estar en constante movimiento. De acuerdo con charlas de mujeres, la plataforma en llamas para la dieta es un pantalón que se niega a cerrar, ¿y para ti?

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