En promedio tomamos entre 250 y 2500 decisiones al día, desde despertar, abrir el ojo y levantarnos ya estamos decidiendo hacerlo… o no, y aunque parece un gran número de decisiones, nuestro cerebro se encarga de la mayoría de forma automática. Aproximadamente 200 milisegundos antes de ser conscientes de una decisión, nuestro cerebro ya la tomó, eso nos facilita inmensamente el día a día, si no lo crees piensa en tu trayecto al trabajo y te darás cuenta que la ruta y todas las demás decisiones que tomas lo haces prácticamente sin darte cuenta; lo mismo sucede en un sinfín de cosas que hacemos diariamente.
Como lo anterior es tarea de nuestro cerebro inconsciente y poco podemos hacer al respecto, nos enfocaremos en las decisiones que sí somos conscientes, aquellas que no nos dejan dormir, nos tienen distraídos todo el día y que regresan una y otra vez a nuestra mente porque no sabemos qué hacer. El primer hecho que debemos aceptar es que no todas nuestras decisiones van a resultar correctas, sin importar la cantidad de información que recopilemos para tomarla; en ocasiones, aun con montañas de datos y buenos consejos, las cosas pueden resultar en un verdadero desastre. Otro aspecto importante, que seguramente ya habrás escuchado, es que no tomar una decisión es en sí ya una decisión, estás decidiendo postergar y tal vez cediéndole a otra persona tu poder para que ella asuma el rumbo. El tercero es que nunca llegamos al punto donde ya no nos equivocamos, la experiencia es muy útil, pero no infalible, bien dice el refrán: “hasta al mejor cazador, se le va la liebre”, no importa la inteligencia, conocimiento o experiencia, todos estamos expuestos a errar con nuestras decisiones en cualquier momento.
Como emprendedor, trabajador independiente o empresario, te topas con una multitud de decisiones cada día, desde pequeñas cosas como el color de la pintura de la oficina, hasta grandes decisiones como una adquisición importante o elegir entre dos o más postulantes para un puesto; para colmo cada decisión requiere de un proceso de reflexión y análisis antes de tomarla, sabiendo que a pesar de esto puede ser un completo error. Esa incertidumbre y temor a equivocarnos la tenemos todos, algunos en mayor o menor medida, pero siempre está presente.
Cuando no tomas una decisión, las situaciones no se ponen en pausa hasta que “tienes tiempo”, se siguen agravando y la problemática sigue creciendo o las oportunidades siguen pasando, incurriendo en costos innecesarios o bien dejando de ganar dinero. Por ejemplo, un negocio que durante varios meses ha generado pérdida, provocando una situación financiera insostenible y el dueño no decide si mantenerlo abierto o cerrar, cada día que tarde en tomar una decisión se convertirá en pérdida acumulada para su bolsillo, le guste o no.
La indecisión también nos lleva a la “fatiga de la decisión”, este término se refiere al desgaste de energía mental producido por decidir, entonces cuando decides no decidir, en realidad estás agotando tu energía dos veces, al decidir postergar tu decisión y después al tener que decidir inevitablemente y eso lo trasladamos a todas las personas que están esperando una decisión para actuar. Podemos tener muchas “justificaciones” totalmente razonables por las cuales no tomar esas decisiones importantes, pero en la mayoría de los casos, mientras más retrasemos qué hacer peor será el resultado.
Hay muchos libros que hablan acerca de cómo tomar decisiones, yo creo que más que una receta debemos aprender a considerar las variables, pensar en las probabilidades, valorar los riesgos y decidir con cierto sentido de urgencia.
No te desgastes analizando todo para tomar cada decisión, pero en las decisiones importantes considera estos elementos:
- Pon una fecha límite razonable y cúmplela.
- Analiza sólo la información crítica para la decisión, no te llenes de información inútil o te dará “parálisis por análisis”.
- Si tienes dudas consulta a un experto en el tema o investiga un poco al respecto en foros, libros o internet.
- Decide con base en el mayor beneficio y el menor daño.
- Piensa en un plan B que te permita saber cómo actuar si la decisión no es la correcta.
- Comunica la decisión de forma asertiva, se firme y claro al expresar tu decisión y sé empático con las personas, recuerda “no es que me digas perro, si no la perra forma en la que me lo dices”.
- Cuando tomes una decisión mantente firme y actúa. Cuando decides hacer algo, lo dices y al final no lo haces tu credibilidad se va a los suelos; si decides y dices, entonces llévalo a cabo y se responsable de las consecuencias.
Las decisiones tienen un costo, pero el más alto siempre será no tomarlas a tiempo.
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