La pandemia ha traído nuevos temas y fenómenos que antes era difícil apreciar. El punto de quiebre fue la crisis del 2008, como consecuencia de este crack bursátil la maquinaria especulativa de Wall Street provocó una relocalización industrial acelerada hacia el gigante asiático. China logró aprovechar este proceso y, combinado con su profundo proceso cultural histórico, logró consolidar una nación fuerte militarmente, financieramente y con un proyecto global autónomo a la visión de los Estados Unidos.

Esta división ha provocado diferencias sustanciales, mismas que se reflejan hoy en día en el tratamiento a la pandemia. Mientras que Estados Unidos no puede frenar la pandemia y los enfermos quedan, además de las secuelas de la enfermedad, con una deuda astronómica, China está preparando su siguiente plan quinquenal y gozan de un control efectivo de la enfermedad.

Son dos modelos que se contraponen, la versión norteamericana de privatización de servicios, donde se supone que cada empleo daría lo suficiente para permitirse una vida con un estándar mínimo de calidad, vemos que la población vive siempre a golpe de deuda y con un difícil acceso hasta lo más elemental: el sistema de salud. Por su parte, en China la visión contrasta con un esquema colectivo, la pandemia fue tratada como problema público y las medidas sociales fueron acatadas por una disciplina basada en la participación popular, pero claro, también en un momento de acelerado crecimiento y desarrollo.

China ha podido sacar a más de 700 millones de humanos de la pobreza en los últimos años. Su desarrollo militar ha sido también acelerado (sin contar con la estratégica cercanía con la potencia rusa), sin dejar de mencionar el dominio tecnológico con el que ahora cuentan (puede pensarse en la tecnología 5G o en la exploración aeroespacial).

En suma, vemos por un lado a los Estados Unidos con un sistema económico en crisis y defectuoso, un país que solo puede impulsar medidas mediante el acrecentamiento de la deuda, con severos problemas sociales a su interior y con batallas políticas inéditas. Por su parte, China ofrece un panorama distinto que, aunque todavía hay mucho por hacer, representa un cuerpo social vigoroso que ha podido vencer la pandemia con relativa estabilidad.

Son dos mundos que comienzan a prefigurarse y que tendremos que considerar para definir nuestras coordenadas de referencia política y económica. ¿A quién querrá parecerse nuestro país?