Cuauhtemoc Blanco es un impresentable. Si bien nadie le negaría jamás sus grandes fotos como futbolista, su ascensión y consolidación en la vida pública nacional han estado marcadas por la vergüenza, el oportunismo y el descaro.

El diputado representa, a juicio de muchos, lo más soez de la clase política; un oportunista dispuesto a maniobrar para obtener beneficios personales en detrimento de la justicia y el bien público.

Las conductas y comportamientos vulgares del exfutbolista, durante y después de dejar las canchas, han pintado siempre al individuo de cuerpo entero. Sin embargo, sabedor de su gran popularidad, decidió incursionar en el servicio público sin la menor voluntad de servir, sino servirse y escalar hasta lo más alto de la cúpula partidista.

Blanco no debió jamás llegar a la política. Desde su elección como alcalde de Cuernavaca, y más tarde, como gobernador de Morelos, su carrera ha sido motivo de escándalo que ha llenado de vergüenza a muchos, amén de la realidad vivida por los morelenses.

Según ha sido reportado, y a luz del estado de la seguridad en el estado, la administración de Blanco no hizo más que profundizar la crisis de violencia con sus supuestos pactos con el crimen organizado y presuntos actos de corrupción.

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Los sucesos que tuvieron lugar hace unos días contra el hoy diputado de Morena no han hecho más que confirmar una realidad innegable: la conformación de una nueva mafia del poder dispuesta a protegerse unos contra todos; mismo si ello conlleva traicionar el “espíritu en favor de los derechos de los mujeres" supuestamente abrazados por la presidenta Sheinbaum y el partido oficial.

Blanco ha salido bien librado. Al final, y para la pena de muchos, sus comparsas en la Cámara de Diputados, en un acto de vulgar complicidad política, han decidido ampararlo de un desafuero que habría conducido a que hubiese un poco -mejor dicho, un poquito- de decoro en el México que nos ha tocado vivir.