La tendencia de crear imágenes caricaturescas al estilo de Estudio Ghibli no solo se llevó los 200 millones de litros de agua que fueron necesarios para que los servidores de ChatGPT pudieran seguir funcionando. Se ha llevado también la nostalgia que envuelve a Miyazaki, quien construyó una manera de ilustrar única con narrativas profundas y dolorosas producto de lo que vivió como niño en contexto de guerra.

Para quienes simplemente se sumaron a esta tendencia sin saber mucho sobre los creadores originales, el estilo que suaviza la dureza de la vida fue un camino de sanación tras la devastación de la guerra. Hayao Miyazaki nació en 1941, en pleno auge de la II Guerra Mundial. Creció observando la crudeza del hambre y los afilados rostros de los sobrevivientes. Su infancia en Japón estuvo llena de las carencias generales, propias de una guerra, en la que no había espacio ni para las mariposas en la barriga porque todo lo ocupaba el miedo. Su país estaba destruido y tratando de entenderse desde un espacio de resistencia.

En 1985 fundó Studio Ghibli junto a Isao Takahata, Toshio Suzuki y Yasuyoshi Tokuma. Su filmografía llevó al ideario colectivo de su país fuera sus fronteras, con un alto contenido de principios y valores, con la posibilidad de hacer menos trágica la realidad y poder reírse un poco de formas inocentes. Sus animaciones tienen magia y por toda su lista de obras se hace evidente el progreso para lograr ese particular estilo con el que fueron entrenados servidores de inteligencia artificial: ‘El viaje de Chihiro’, ‘Mi vecino Totoro’, ‘La princesa Mononoke’ hasta la dolorosisima película ‘La tumba de las luciérnagas’. Esta última, disponible en Netflix, es una crítica a la guerra tan sutil y llena de emociones que relata una historia basada en hechos reales sobre la pérdida de su pequeña hermanita por inanición, debido a la falta de alimentos durante la guerra. La película es un homenaje y su estilo de dibujar, su delicadeza para suavizar los bordes de las tragedias así como la abstracción bellísima de luciérnagas qué llenan los espacios de luz no pueden quedar reducidas a un algoritmo automatizado qué le ha despojado de algo más que su propiedad intelectual y derechos de autor. Es tan dolorosa, que solo de pensar en que este camino le ha sido borrado para convertirse en una tendencia viral, compartida por millones de personas sin la conciencia de su toque, es devastador.

Lo sucedido es todo un caso de estudio. Por un lado, sus trazos y filmes han sido utilizados para entrenar una tecnología que daña al medio ambiente siendo que gran parte de su obra, trata sobre preservar a la naturaleza y cuidarla del daño humano. Por otro lado, OpenAI ha logrado desafiar las reglas clásicas de propiedad intelectual y derecho de autor, ya que un estilo como tal, no es sujeto de protección.

Las disposiciones en materia de propiedad intelectual protegen aquello que ya ha sido creado y existe plasmado en algún material receptor físico o digital, mientras que el derecho de autor protege obras completas, como los filmes, los guiones y sus personajes.

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Todo lo que ha creado la inteligencia artificial, basado en Estudio Ghibli y el trabajo de Miyazaki, es relativamente algo nuevo. La apuesta es ambiciosa pues ha logrado recopilar millones de datos biométricos y cientos de elementos visuales que permiten entrenar a la inteligencia artificial sobre elementos de raza, gestos, lenguaje corporal, lugares, contextos. Se le han cargado imágenes de menores de edad, de bebés sin capacidad de consentir qué su rostro será parte de la educación algoritmica con la que podrían adivinar su nacionalidad o el rostro que tendrá al crecer.

Al mismo tiempo, que el animador original ha visto pasar por internet sus años dolorosos de creatividad en “manos” de una tecnología que no siente y que parece convencer a millones de tampoco sentir. No sabemos como serán utilizadas las imágenes regaladas al ChatGPT, tampoco sabremos el impacto final que la inteligencia artificial habrá tenido, solo sabemos de la contaminación de aguas destinadas a detener el calentamiento de servidores cuyas partes, durante el punto más alto de esta tendencia, llegaron a derretirse por la extrema demanda de millones de prompts qué se debieron atender.

Miyazaki hace unos años fue captado en un video hablando sobre inteligencia artificial y diciendo que jamás usaría la herramienta para su trabajo. La vida le ha contado un chiste duro pues lo que calificó como “un insulto a la vida misma” ahora es también un insulto a su dolor. Como haber confiado tanto en el mundo que, tras entregarle desnudo la creatividad de años, se le responde apropiándose de aquello que tanto le costó y diciéndole que ya no es imprescindible su vida ni su talento pues “alguien más” lo hace más rápido. Muchos dirán que lo hace mejor.

El hecho es que Miyazaki defiende a la humanidad en el arte porque el arte salva a la humanidad y le brinda las respuestas a lo que las palabras no alcanzan a definir. Miyazaki dijo ante una animación hecha con IA: “No puedo ver esto y encontrarlo interesante. Quien cera estas cosas no tiene idea de lo que es el dolor. Estoy completamente disgustado”.

Hoy, Miyazaki seguramente tiene el corazón roto. Pero no importa, seguimos compartiendo y generando imágenes despojadas de su autor, al que definitivamente no le preguntaron si copiar su estilo le parecía bien, mucho menos intentaron retribuirle. Ni siquiera las demandas posibles, como las que han entablado periódicos por el entrenamiento de la IA con su contenido, son suficientes ante la falta generalizada de empatía con uno de los creadores qué ha visto la maldad a los ojos sin perder la esencia de su corazón ni dejarse amargar. Un sobreviviente como los que ya no hay. No tengo nada en contra de quienes se sumaron a esta tendencia, simplemente creo que las nuevas tecnologías nos animan a compartir impulsivamente sin reflexionar en cosas como esto.

X: @ifridaita