REFUTACIONES POLÍTICAS

Aristóteles, en “La Política”, establece que el ser humano es un zoon politikon, es decir, un animal político. Esta afirmación se basa en la idea de que las personas, por naturaleza, viven en comunidad y no como individuos aislados. Según Aristóteles, es en el seno de la comunidad donde los seres humanos encuentran su verdadera esencia y plenitud. La política, por tanto, se convierte en una actividad fundamental para la vida humana, ya que es la práctica de vivir en colectividad, organizando y gestionando los asuntos comunes.

El carácter social comunitario, y no la individualidad aislada, es lo que forja a todas las personas. La libertad, entendida como la capacidad de dar y recibir reconocimiento de los otros, es esencial para la formación de una sociedad justa y equitativa. En una verdadera comunidad, la acción de cada miembro repercute en el bienestar colectivo, y la política se convierte en la herramienta para articular estas relaciones. Rousseau en “El Contrato Social” argumenta que la verdadera libertad se obtiene al participar en la toma de decisiones colectivas.

Es fundamental diferenciar entre lo público y lo privado en el contexto político. Lo público se define como el ámbito donde se actúa en favor del interés general, en contraste con lo privado, que atiende intereses individuales. La política nace precisamente de lo público, del interés general y de la participación colectiva en la resolución de los asuntos que afectan a la sociedad en su conjunto. Es en este espacio público donde se construyen las bases para una convivencia armoniosa y se promueven los valores comunes. Un ejemplo contemporáneo es el papel de las asambleas ciudadanas en la toma de decisiones sobre políticas ambientales en varias ciudades del mundo.

La acción colectiva en el ámbito público trae como consecuencia la generación de relaciones de poder que son constructoras de saberes. La política se puede entender entonces como la administración del poder y sus múltiples facetas. Poder que se manifiesta en la capacidad de influir, dirigir y transformar la realidad social. Sin embargo, esta administración del poder debe ser equitativa y transparente para evitar la concentración en unas pocas manos y garantizar un ejercicio democrático y participativo. Foucault en “Vigilar y Castigar” analiza cómo las estructuras de poder influyen en el comportamiento y el conocimiento de las personas, mostrando la importancia de la transparencia y la equidad en la política.

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La crisis de las sociedades modernas tiene su punto de partida en el abandono de la política. La figura del ciudadano, como eje central del ejercicio político, ha desaparecido progresivamente. Hoy en día, los ciudadanos pierden ciudadanía cuando transfieren el ejercicio político únicamente a los poderosos, a eso que se denomina la clase política. Esta transferencia de poder debilita las democracias, haciéndolas imperfectas y carentes de representatividad. Un claro ejemplo de esta situación es el creciente desencanto y la baja participación electoral en muchas democracias occidentales.

La crisis política contemporánea está íntimamente ligada a la transformación del ciudadano en un sujeto eminentemente económico. Byung-Chul Han, en “La sociedad del cansancio”, expone cómo el neoliberalismo ha convertido al individuo en su propio explotador, en un empresario de sí mismo, eliminando los límites entre la vida pública y la privada. En este nuevo paradigma, el homo politicus, que se realizaba en la participación colectiva y en la construcción de la comunidad, ha sido desplazado por el homo economicus, un sujeto que mide su valor en términos de productividad, competitividad y éxito individual.

Este modelo económico no solo ha minado la política como espacio de deliberación y acción común, sino que ha reforzado la atomización de la sociedad y la erosión de la democracia. La política ya no es vista como un ámbito de construcción del interés común, sino como una mera extensión de la economía, subordinada a los intereses del capital financiero. La democracia, en lugar de ser un ejercicio de autodeterminación colectiva, se convierte en un mecanismo de legitimación de políticas diseñadas por elites económicas y tecnocráticas.

El individualismo exacerbado promovido por el neoliberalismo ha generado una ciudadanía despolitizada, centrada en el rendimiento personal y en la autoexplotación. La autoimposición del éxito y la productividad conduce a un agotamiento físico y mental que impide la reflexión crítica y la acción política. El ciudadano deja de concebirse a sí mismo como un ser con derechos y deberes dentro de una comunidad, y pasa a verse como un competidor en un mercado global donde la precariedad y la incertidumbre son la norma.

La crisis política de las sociedades modernas no es solo una crisis de representación o de confianza en las instituciones, sino también una crisis antropológica: la desaparición del ciudadano como sujeto político. Sin una recuperación de la dimensión pública y colectiva de la vida, la democracia se reducirá a un formalismo vacuo, mientras que las decisiones seguirán siendo dictadas por la lógica del capital. Es necesario reivindicar la política como el espacio donde se discuten y deciden los asuntos comunes, recuperando la figura del ciudadano como protagonista de la historia y no como un simple engranaje de la maquinaria económica.

En conclusión, la política debe ser recuperada como una práctica inclusiva y participativa, donde cada individuo se reconozca como un actor esencial en la construcción de la sociedad. Solo así se podrá enfrentar la crisis actual y fortalecer las bases de una democracia verdadera, que promueva el interés colectivo y la justicia social. Como señala Hannah Arendt en “La condición humana”, la acción política es esencial para la vida activa y la realización humana.

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