Esta semana que cierra, el presidente norteamericano, en el jardín de las rosas de la Casa Blanca, impuso aranceles recíprocos a la mayoría de los países. Por primera vez en su historia, Estados Unidos cobrará aranceles en mayor proporcionalidad a los que le cobran.
Los productos norteamericanos, por entrar a otros países, pagan altos impuestos; en tanto, los productos de esos mismos países que entran a Estados Unidos, pagan muy bajos impuestos o no pagan.
La decisión de Trump parece lógica en materia económica. La apuesta que E.U. hizo por impulsar el comercio internacional durante los sesentas, setentas, ochentas, noventas y la primera parte de este siglo, trajo dos efectos que han lastimado su economía.
El primero, su propia planta industrial ha huido a paraísos laborales donde la mano de obra esclava o muy barata permite mejores capacidades de competencia, dando origen a la entrada de China al mercado competitivo a través de la OMC, a pesar de qué sus reglas de origen y sus sueldos siempre estuvieron muy por debajo de la media competitiva. En segundo lugar, Estados Unidos está perdiendo la capacidad de adquisición, y está dejando de ser el mercado más grande del mundo, porque no solamente se ha visto afectada su planta industrial, sino naturalmente, las empresas subsidiarias fuera de la tecnología que lo convertían en altamente competitivo.
Sin embargo, un gigante económico como Estados Unidos, tomando medidas como estas, puede reponer su plan industrial y su capacidad en el mediano plazo, pues no se trata solo de sustituir mano de obra, se trata también de atraer hacia Estados Unidos a las empresas subsidiarias. En ese sentido, México surge como una posibilidad dado que no está inserto en la política de recíprocos.
Cierto es que se ha gravado al acero y el aluminio; cierto es también, que hay contra el componente no norteamericano de nuestros automóviles un gravamen del 25%, aún así, dadas las nuevas tasas impositivas que Estados Unidos ha aplicado al resto de los países, México surge como una alternativa de instalación y reinstalación del nearshoring.
México, debe entender que su enemigo comercial es China; con Estados Unidos, nuestro superávit nos otorga 140 mil millones de dólares, más 60 mil millones de dólares en remesas, con China tenemos un déficit de 90 mil millones que además, nos ha costado la industria zapatera, del plástico y la acerera, entre otras.
La enorme corrupción, ineficacia y el mercado barato de múltiples artículos que compramos a China, lo han convertido en un extraño socio comercial, siendo el segundo en importancia, pero no por lo que China nos compra, sino por lo que le compramos a China.
En resumen, diríamos que: el dinero que ganamos con Estados Unidos, lo gastamos con China. Esto, además de una deslealtad comercial obvia, nos genera una desventaja en el momento actual.
Hoy día México debe romper todo trato comercial con China porque, si lo logra, estos 90 mil millones de dólares se mantendrán en México para fortalecer su planta industrial y para rehacer empresas que han sido olvidadas con los años como la enorme industria zapatera del Bajío y muchas otras.
En ese mismo contexto, tiene que haber una profunda reflexión de lo ineficaz que México ha sido para aprovechar el boom de las empresas norteamericanas pues, o exportamos autos americanos, o exportamos aguacates.
Es definitivo que necesitamos rehacer, invertir y reorganizar la planta industrial, sobre todo en el sector alimenticio y sobre todo, en las empresas subsidiarias y relacionadas al propio sector aeroespacial y automotriz, lo que tiene que ver con cambiar nuestro sistema educativo que ahora se dedica a subsidiar ’Ninis’ en vez graduar técnicos superiores universitarios que pudieran ser bien pagados en estas industrias ya instaladas.
México no ha logrado dar el paso indispensable, como lo hicieron todas las otras economías del mundo, cuando Estados Unidos instaló sus plantas de producción y que llegaron no solamente a vender todo lo que estas empresas necesitaban sino, además, a producir sus propios equipos de competencia. México ni siquiera lo intenta porque con su visión social torpe, se ha dedicado a desperdiciar el dinero del superávit para mantener un control electoral.
Es momento de cambiar, México requiere invertir en educación para servir mejor a la planta industrial y luego desarrollar la propia competitiva. México también, de manera indispensable, necesita desarrollar su industria agroalimentaria, sacando de manos del control del narcotráfico al aguacate, al limón, al tomate entre otros, y poniéndola en manos de empresarios, aún del sector social, que pudieran beneficiarse y beneficiar al país con alta tecnológica y capacidad de exportación, por citar algunos rubros.
Esta es una oportunidad si el gobierno tiene los arrestos y la capacidad de aprovechar lo que el discurso izquierdista difícilmente va a permitir, sin embargo, la visión práctica de los mexicanos debe llevarnos a entender que de nada sirve quejarnos de la cercanía con Estados Unidos, esta no se va a mover geográficamente; debemos entender que no estamos insertos en los aranceles recíprocos, y que esto nos da una ventaja competitiva mayor.
Hay que cambiar la mentalidad, hay que adecuarse a los nuevos tiempos, lo que Trump ha hecho, paradójicamente, representa para México una posibilidad enorme si aceptamos el reto y si entendemos nuestra ubicación y posibilidades.
Voces nostálgicas, con nulo conocimiento en economía, proclaman que debemos abrir otros mercados. En México sabemos que eso es imposible, que las cosas que hoy producimos no interesan a ningún mercado sofisticado y menos a un mercado asiático, que es quien podría sustituir la compra para México. México está enclavado en una situación compleja pues no ha invertido lo suficiente ni en desarrollado su planta industrial, ni tampoco ha invertido en educar a sus generaciones para poder ser competitivas. Es momento de hacer.