Apenas se conoció el macabro hallazgo de restos humanos en un rancho de Teuchitlán, Jalisco, y se reveló la existencia de hornos crematorios improvisados, cuando las primeras investigaciones apuntaban a que el lugar funcionaba como un centro de entrenamiento para personas reclutadas forzosamente por el crimen organizado. Sin embargo, la derecha y sus voceros en los medios no tardaron en aprovechar la noticia para proclamar, con estridencia, que México se encontraba ante una debacle absoluta. Sin el menor reparo, equipararon el horror con Auschwitz y difundieron en todos los foros posibles una etiqueta diseñada para impactar a la opinión pública: “campo de exterminio”.

La mentira se propagó como reguero de pólvora, en parte porque la mayoría de los medios de comunicación en México, expertos en sensacionalismo y en explotar el morbo, vieron en esa etiqueta una oportunidad de lucro. “Campo de exterminio” es un concepto que vende, sin importar que sea una falacia abyecta. Sirve para que ciertos magnates de la (des)información sigan engrosando sus cuentas bancarias, alimentadas por un público que consume sin cuestionar lo que la prensa, la radio y la televisión le ponen enfrente, por más escandaloso o falso que sea.

Pero si bien los medios suelen lucrar con el escándalo, los verdaderos artífices de esta falacia son quienes diseñaron la narrativa del “campo de exterminio” con una intención política. La derecha conservadora mexicana, autora de esta distorsión, vio en ella una oportunidad para reforzar su guerra sucia contra el gobierno de la Cuarta Transformación. Buscan instalar en el imaginario colectivo la idea de que “todos son iguales”, que “Morena es tan corrupto o peor que el PRI y el PAN”. Como el ladrón que grita “¡al ladrón!”, los sectores más retrógrados de la derecha claman indignación por el supuesto “campo de exterminio”, mientras intentan disimular su satisfacción, como diciendo: “¿Ven? Son tan sucios como nosotros”.

Curiosamente, quienes hoy se rasgan las vestiduras por el “Treblinka mexicano” guardaron un silencio sepulcral en 2010, cuando la Marina descubrió en Tamaulipas un rancho con los restos de más de 70 personas asesinadas. Durante el baño de sangre del calderonato y su fallida “guerra contra el narco”, a nadie se le ocurrió comparar esos horrores con el genocidio nazi. Nadie se atrevió a semejante despropósito. Los panistas callaron como momias mientras aplaudían la violencia desatada por el gobierno de Felipe Calderón, y la oposición de aquel entonces jamás habría recurrido a una falacia de tal calibre. Porque, a diferencia de ellos, teníamos sentido común y principios.

Como bien señaló Pedro Miguel, el concepto de “campo de exterminio” no es aplicable aquí. El rancho de Teuchitlán no fue diseñado ni operaba con la finalidad expresa de aniquilar a un grupo humano. Las investigaciones han indicado desde el inicio que, aunque en ese sitio se cometieron atrocidades inaceptables, su propósito principal era entrenar a personas reclutadas por la fuerza para servir como carne de cañón del crimen organizado. Aquellos que se negaban, eran asesinados. ¿Es menos grave? Por supuesto que no. Son crímenes inadmisibles que, en un verdadero Estado de derecho, jamás habrían ocurrido con la impunidad con que lo hicieron. La justicia debe alcanzar no solo a los responsables directos, sino también a toda la red de complicidades entre autoridades y delincuencia que lo permitió.

México enfrenta una crisis de seguridad incuestionable, pero recurrir a términos como “campo de exterminio” de manera irresponsable no solo es ruin e ignorante, sino sumamente peligroso. Trivializar el lenguaje de esta manera busca normalizar el horror, insensibilizar a la sociedad, para que, en caso de que la derecha recupere el poder, pueda implementar, esta vez sí, políticas de exterminio sistemático contra sus adversarios políticos. Desde 2018, su sed de venganza no ha cesado, y su estrategia es clara: manipular el miedo para allanar el camino hacia la represión.