Rara vez deja uno la selva para pulular entre los movimientos callejeros de la civilización y visitar una ciudad cercana que apenas sobrepasa el medio millón de habitantes.

Las calles de antes, que no hace mucho eran, según la estación, de polvorienta tierra seca o de fango, y hasta donde abarcaban los recursos municipales, de piedra caliza y policroma de río que a pesar de haber sido estas bien ajustadas unas a la otras entre la tierra compacta, algunas sucumbían ante la intensidad de las tempestades de verano rodando estrepitosamente cerro abajo. Solía suceder que un montón de ellas bloqueaban el murete del malecón bloqueando el tránsito, hasta que se reposicionaban manualmente por los pedreros asistidos de sus burros cargueros.

Hoy, de sólo imaginar el tráfico de la autopista que atraviesa varios pueblos para llegar a un centro comercial e ir a un cine, es ya un obstáculo para aventurarse fuera de las lianas y los tejones. Mezclarse entre multitudes de adolescentes a los que se les ofrece esa opción y ninguna otra como divertimento para manosearse en lo oscurito como solíamos nosotros hacer antaño, lo único aun vigente. Es una lástima que al séptimo arte se le haya ligado a las euforias del mercantilismo consumista y depredador.

La película resultó un mega churro de Hollywood como lo había pronosticado, pero bien logrado. Los anuncios promocionados en los cortos, ante los cientos de ojos hipnotizados bajo aquella oscuridad, fueron los que acapararon mi atención. Sobretodo, la daga subliminal de "Coca Cola reparte felicidad".

La voz de un niño narra la rutina diaria de trabajo de su padre, ambos, claro está, de tez blanca. El hombre "feliz" maneja un flamante camión repartidor de la embotelladora que toca a la puerta de los muy sonrientes, lustrosos e impecables hogares y comercios, resaltando los tonos rojos y blancos. A la par, va explicando la melodiosa voz infantil, cómo la compañía se ha modernizado, "adquirido conciencia", y recoge las botellas plásticas de regreso a los ávidos consumidores para reciclarlas. Un feliz acontecimiento, que supongo es cierto, para justificar la desgracia que ha sido la sustitución del agua pura. Como carecemos de su potabilidad, por ahí se nos metieron los refrescos como bebida dentro de nuestras costumbres alimenticias. Que también aplaca de momento el hambre la rápida ingesta del líquido azucarado. Los países productores transnacionales son los mayores consumidores. No obstante el profundo daño nutricional que ha causado la mercadotecnia de los poderosos paravenderglobalmente la inmensa producción de lo corporalmente innecesario y provocar la obesidad y otros males que nos afligen. Estas bestias imparables se han ensañado hacia nosotros, los países subdesarrollados o en crecimiento, creando la urgencia desbordada por productos símiles a este líquido de color café pardoso, que engaña al organismo con un dulce balazo de burbujas crepitantes color beige que provocan más sed.

¿Le suena esta descripción a aquella de una droga adictiva?

Pero bien esconden, hay que decirlo, el propósito de la venta productiva bajo el manto de la mercadotecnia o de la filantropía, auspiciando eventos científicos, artísticos, deportivos y culturales. La evasión fiscal "justificada". Justifica la degradación del organismo.

A veces me pregunto en la soledad bajo el cielo nublado: ¿Dónde ha quedado el México auténtico? ¿Dónde los valores, fuera del consumo? ¿Cómo podremos crear una sociedad más sana y conciente hacia el futuro, si insistimos en conservar la disposición inculcada y tendenciosa hacia las malas costumbres transnacionales que se esfuerzan por borrar nuestra identidad?